viernes, 4 de enero de 2008

No así los impíos, no así

Un cristiano posmoderno como yo está acostumbrado a subrayar la misericordia de Dios y nuestra voluntad autónoma como causa de condenación. Esto es, Dios no condena a nadie, sino que es uno el que dice NO. Insistir exclusivamente en este planteamiento tan racional y moderno corre el riesgo de eclipsar la justicia, virtud principalísima y atributo de Dios.

En su reciente Spe Salvi, Benedicto XVI propone tres lugares donde encontrar esperanza. Uno de ellos es el Juicio divino tras la muerte. Dice:

Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad; pero sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva.” (la negrita es mía)

Antes ha puesto de manifiesto “cómo el ateísmo de los siglos XIX y XX, por sus raíces y finalidad, es un moralismo, una protesta contra las injusticias del mundo y de la historia universal. Un mundo en el que hay tanta injusticia, tanto sufrimiento de los inocentes y tanto cinismo del poder, no puede ser obra de un Dios bueno. El Dios que tuviera la responsabilidad de un mundo así no sería un Dios justo y menos aún un Dios bueno”. Pero “un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza. Nadie ni nada responde del sufrimiento de los siglos”.

Es una reflexión purificadora ahora que toca contemplar la desgarradora estadística del aborto institucionalizado, socializado. Yo soy el judío que en el campo de concentración se preguntaba dónde estaba Dios, el obrero de los suburbios que veía morir a sus hijos sin poder hacer nada por ellos, el perseguido del gulag. Yo grito por esos niños.

B16 me responde que “si ante el sufrimiento de este mundo es comprensible la protesta contra Dios, la pretensión de que la humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace ni es capaz de hacer, es presuntuosa e intrínsecamente falsa. Si de esta premisa se han derivado las más grandes crueldades y violaciones de la justicia, no es fruto de la casualidad, sino que se funda en la falsedad intrínseca de esta pretensión”. Qué terrible verdad. La utopía comunista que apisona a millones. Los que abominan de Dios por permitir el mal y el dolor mientras pasan por la aspiradora los tiernos cuerpecillos de nonatos.

Yo no grito contra Dios, porque él es el judío gaseado, el niño asesinado, el cristiano represaliado. Él es la Cruz. “Dios revela su rostro precisamente en la figura del que sufre y comparte la condición del hombre abandonado por Dios, tomándola consigo. Este inocente que sufre se ha convertido en esperanza-certeza: Dios existe, y Dios sabe crear la justicia de un modo que nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, podemos intuir en la fe”, dice B16. Yo grito contra ti, ser humano, capaz de amor y odio.

Ante tanta barbarie humana, uno se siente desalentado, como Roy Batty en aquella azotea de Los Angeles. Aunque yo creo -sé- que estas mis palabras, como esos niños asesinados antes de nacer, no se “perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. Porque cuando sea “tiempo de morir”, habrá una esperanza, cuando el velo gris de este mundo se levante, y todo se convierta en plateado cristal, es entonces cuando se verá...

-¿Qué, Gandalf? ¿Qué se ve?

-La blanca orilla. Y más allá; la inmensa campiña verde, tendida ante un fugaz amanecer.

1 comentario:

Terzio dijo...

Aparte la heterodoxa introducción de Gandalf como profeta de no sé qué (tampoco la cita), yo citaría, mejor, esto:

IIIº nocturno Officium pro Defunctis.-


Responsorium:

Peccantem me cotidie et non poenitentem, timor mortis conturbat me./

Quia in inferno nulla est redempcio, miserere mei, Dómine, et salva me./

Versiculus.

Deus in nomine tuo salvum me fac, Dómine, et in virtute tua iudica me./

* Quia in inferno nulla est redemptio, miserere mei, Dómine, et salva me.

A mí me gusta mucho. Suena a "último recurso ante el tribunal", pero suena bien (y cantado, suena aun mejor).

+T.