domingo, 6 de enero de 2008

La ficción como hermenéutica (II)

“La literatura es el reino por excelencia de la ambigüedad”, dice Vargas Llosa. Porque se trata de sugerir, de esbozar. La ficción literaria no es, desde luego, pura explicación lógico-racional. Chesterton reconoce en su Autobiografía que “no podía ser novelista, porque en realidad a mí me gusta ver las ideas y los conceptos forcejear desnudos, por así decirlo, y no disfrazados de hombres y mujeres” (G.K.Chesterton: Autobiografía, El Acantilado, 2005). “Las novelas mienten –no pueden hacer otra cosa- pero esa es solo una parte de la historia. La otra es que, mintiendo, expresan una curiosa verdad, que sólo puede expresarse encubierta, disfrazada de lo que no es”, considera Vargas Llosa. La capacidad de la ficción para escudriñar el misterio del hombre.

La modernidad ha querido llenar de luz cada rincón de la existencia, cada doblez, cada recodo. Loable empeño que nos ayuda a ser libres. Pero una confianza febril e ilimitada en la razón, en el dato pragmático, en la explicación científica, amputa la realidad. Hay quien todavía pretende hacernos creer que todo tiene una explicación. El ratoncito Pérez no existe, los Reyes son los padres, Dios ha muerto y la poesía no resolverá el hambre en el mundo.

Pero la modernidad, tan cargada de promesas, y que tantos bienes nos ha traído, ha defraudado en su oferta redentora. Ha hecho fin de los medios. Ha querido desterrar el poder de la magia, de lo inefable, del misterio. Por eso, posmoderno que uno es, escaldado de un mundo en el que las humanidades cuentan poco, temeroso de más “siglos de las luces” en los que la buena literatura brille por su ausencia, reivindico, con Tolkien, el poder de los relatos; con Chesterton, los cuentos de hadas.

No creo en el lenguaje como un territorio en el que refugiarse. Frente a esa lingüística masturbatoria, he creído por intuición primero, por sentido común después y ahora por racionabilidad, que el lenguaje está conectado con una verdad que quiere expresar –también a una belleza-, con la compleja realidad. El lenguaje no se debe perder en frondosidades vacías, que no signifiquen, que merezcan la maldición divina de la higuera. De ahí que crea en la literatura como el reflejo más humano de una época. Y no hablo de realismo. “No es el carácter ‘realista’ o ‘fantástico’ de una anécdota lo que traza la línea fronteriza entre verdad y mentira en la ficción”, dice Vargas Llosa.

No hay comentarios: