jueves, 22 de febrero de 2007

Ideas burdas

Leo ayer en el último libro de diarios de José Luis García Martín, A decir verdad, que la idea de Dios es "burda", más o menos dicho con esa simpleza. Este tipo de cosas sirve para darse cuenta de que incluso los más listos e inteligentes tienen cegueras transitorias que les hacen perder el rigor, porque pocas cosas hay intelectualmente menos rigurosas que despacharse con que la idea de Dios es burda. Miles de tomos, cientos de intelectuales, obras de arte, dedicados a ella, deberían bastar para no tener la displicencia de quitarse de enmedio la (quizá molesta) idea de Dios de una manera tan... tan burda, sí.

miércoles, 21 de febrero de 2007

No pongas cara triste

También es gracioso que la ley del Alcohol se haya ido al carajo precisamente ahora que empieza la Cuaresma.

jueves, 15 de febrero de 2007

Ser católico consciente y escritor

Me alegra haber recibido su carta. Quizás resulta más sorprendente que yo encuentre alguien capaz de reconocer la intención de mi trabajo que usted encuentre una escritora preocupada por Dios cerca de usted. [...] Escribo de la forma que escribo porque (no aunque) soy católica. Es un hecho y nada mejor que declararlo abiertamente. Sin embargo, soy una católica particularmente dotada de una conciencia moderna, esa que Jung describe como ahistórica, solitaria y culpable. Estar dotada de ella dentro de la Iglesia supone soportar una carga, una carga necesaria para un católico consciente. Se trata de sentir la situación contemporánea en sus niveles más profundos. Creo que la Iglesia es la única que puede hacer llevadero el terrible mundo al que estamos abocados; lo único que hace llevadera la Iglesia es, de algún modo, el cuerpo de Cristo y que con él nos alimentamos. Parece un hecho que usted ha sufrido tanto a causa de la Iglesia como por la Iglesia, pero si cree en la divinidad de Cristo, tiene que apreciar el mundo a la vez que se esfuerza en soportarlo. Ello puede que explique la falta de amargura en mis relatos.

Estoy harta de leer reseñas que definen "Un hombre bueno es difícil de encontrar" como un libro brutal y sarcástico. Los relatos son duros, pero son duros porque no hay nada más cruel o menos sentimental que el realismo cristiano. Creo que hay muchas bestias que se acercan a Belén a nacer y he informado sobre el progreso de algunas, y me sorprende que estos relatos sean calificados como historias de terror, porque el autor de la reseña siempre se fija en el horror equivocado"

Flannery O'Connor, en su epistolario editado bajo el título El hábito de ser. Tomo la cita de un artículo de 2004 de Aceprensa (sólo para suscriptores).

miércoles, 14 de febrero de 2007

Declarando el amor

Ayer volvió a costarme dormir; no lo logré hasta las serían las dos y pico, o menos quizá. Llevo así varios días. Primero pensé que era una secuela de la gripe. Las horas de cama me habrían quitado el sueño. Ahora empiezo a sospechar de que es un problema psicológico-afectivo. Estoy tan embarcado en la novela, que cuando me meto en la cama sigo pensando en los personajes, en la historia, en el ambiente, en la arquitectura narrativa, y no logro conciliar el sueño. Parece que mi cuerpo preferiría seguir dándole al teclado que perder el tiempo en el mundo de la nada abstracta.

Así, volví ayer a pensar algo que no es original, por supuesto. Hasta ahora la literatura ha sido para mí como una amante ocasional. Una relación que alterna las temporadas de pasión más voraz con las de indiferencia, con la huida inconsciente por otras pequeñas idolatrías. (Lo mejor es enemigo de lo bueno, de nuevo). Encontrarme con ella, apasionarme, sumergirme en la literatura -creativamente, como lector, como escritor- es como hacerlo con una vieja conocida a la que se ama y que uno sólo recuerda como fuente de satisfacciones, de modo que se vuelve a preguntar por qué la abandonó la última vez. Pero se acuerda de estos meses de rumiar una historia, unos personajes, que ahora parecen salir rodados, pero que han supuesto horas de esterilidad, de pensar... Meses duros porque parecen baldíos y porque el primum vivere aprieta, y la tentación de si no será uno un caradura. Y la llamada de la gloria fácil, pero efímera. Del espejuelo y la fast fame, en lugar del deber de hablar al mundo en la manera que mejor se amolda a las cualidades personales.

En estos días de renacida pasión, aprovecho para leer a Lampedusa y Joseph Conrad, y volver de nuevo al Quijote, aunque Quijana y Panza tendrán que esperar poco más allá del campo de Montiel mientras empaco en mi buchaca emocional los Cuentos completos de Flannery O'Connor. He conectado absolutamente con su tono, con la manera en que su catolicismo (de lectura diaria de la Summa Theologica) se refleja en las historias y los personajes, atormentados y pecadores. Y que seguramente sea escándalo para algunos. Espero también el momento de regresar a El Señor de los Anillos; en la convalecencia he visto la apasionante trilogía de Jackson (tan repudiada por alguno de los aquí presentes) y me ha despertado mil emociones y buenos pensamientos. Me ha envalentonado el ánimo.

Ahora que recupero esta hermosa relación de amor, confío en poco a poco comprometerme con ella hasta que la muerte nos separe.

jueves, 8 de febrero de 2007

Capitulando

Las palabras que mejor se adecúan a cómo percibo el proceso de escribir una novela se encuentran en esa famosa imagen de Miguel Angel acerca del arte de la escultura como una ablatio, como un esfuerzo por quitar lo que sobra del bloque de mármol. La estatua está ahí.

Puede sonar vacua o impostada -o pedantesca- la famosa afirmación de que los personajes son libres, tienen sus propias reglas, su autonomía. Pero es así, y si el autor no funciona de acuerdo a ese principio, me temo que los resultados serán pésimos. Es parte de la verosimilitud que se le exige a la obra de arte.

Estos días, entre los momentos de lucidez que me deja una gripe prolongada, investigo en el pasado de mis personajes. Trato de inspirarme en la idea clara de que, como narrador, he de evitar el juicio sobre ellos. Como la forma que puedo vislumbrar dentro de ese bloque de mármol que hay ante mí, mi idea global de la novela se mueve en tres planos temporales: presente de un grupo de jóvenes que se acerca a los 30, presente-8 meses y adolescencia de estos personajes. Mi labor es ahora, por una parte, esculpir la vida de estos cuatro seres, e incluso la de las personas más cercanas a ellos. Por otro lado, doy vueltas a las ideas madre que quiero empapen la novela, en ocasiones con ayudas de libros, de películas que estos días de convalecencia devoro. Todo se mueve en semejante órbita: redención a través del dolor, redención a través de la muerte, redención a través de la recuperación de la memoria, redención a través de la confesión de las culpas, redención a través de los errores, redención de los afectos, redención de la inteligencia, redención de la voluntad. Efectivamente, en una palabra, redención.

(Esto es, sí, una capitulación a mi propósito de silencio. El detonador ha sido Luis, que en una agradable conversación telefónica que ha derivado por derroteros creativos me sugería que lo hiciese)