jueves, 13 de diciembre de 2007

Perdonen la opulencia

Vuelvo sobre la idea de la última entrada. Cuando uno lee con un sentido, teniendo una ligera idea del lugar al que quiere llegar, las lecturas se superponen, se solapan. Llueven sobre mojado empapando más y más el entendimiento, el alma. Ahora es Nosotros, los modernos, de Alain Finkielkraut, que tenía aparcado desde septiembre. Brillante ensayo sobre la modernidad que recomiendo vivísimamente: sobre los efectos del cartesianimo, sobre la fe en el progreso técnico que acabaría con todas las guerras, sobre la decepción del siglo XX, sobre la poscultura, sobre el divorcio entre ciencia y humanidades... Todo desde un prisma literario. Y ayer mismo me encuentro en ese libro con el comienzo de la cita de Victor Hugo que en el post anterior os ofrecí. Y habla de Bacon, y todo me recuerda a las lecturas inmediatas: la Spe Salvi, La ética de la autenticidad de Taylor...

Y las superposiciones se acumulan, trazando rasgos rotundos de convicciones en las que profundizar. Benedicto XVI nos dice en la Spe Salvi:

[San Pablo] les dice a los Tesalonicenses: «No os aflijáis como los hombres sin esperanza» (1 Ts 4,13). En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente.”

Cosa que dijo, de otro modo, en una recopilación de ensayos recogidos bajo el título de Ser cristiano en la era neopagana:

Por miedo a que nos acusen de que al hablar de la vida eterna alejamos a los hombres de su compromiso con el mundo, nuestro anuncio ha sido a menudo demasiado tibio. Pero el hombre, privado de la vida eterna, está gravemente mutilado. La certeza dada al hombre de vivir eternamente con Dios, pero también de que puede perderse eternamente, no debilita el compromiso terrenal, sino que le confiere su verdadero peso e importancia.”

Dostoievski lo dice con un poco más de crudeza en su Diario de un escritor:

La inmortalidad, que promete una vida eterna, ata más firmemente al hombre a la tierra. Podría parecer una contradicción: con tal cantidad de vida –una vida eterna además de la terrena- ¿por qué conceder tal importancia a esta última? Pero sucede justamente lo contrario, ya que solo la fe en su inmortalidad permite al hombre comprender la razón de su presencia en el mundo. Sin ese convencimiento en su inmortalidad, los vínculos entre el ser humanos y el mundo tienden a romperse; se vuelven más frágiles, se corrompen, y la pérdida del sentido supremo de la vida (aunque sólo se sienta en forma de una angustia inconsciente), conduce inexorablemente al suicidio.”

José Jiménez Lozano nos lo decía en una entrevista en Perkeo:

Podemos decir que [esta época] es el fin de una cultura por fascinación hacia el suicidio; esto es, por la liquidación a conciencia de la cultura heredada que se reniega, por cansancio y por aquel sentimiento de aventura de quienes, como lo tienen todo, se aburren, que era lo que extrañaba a un rey bárbaro, Teodorico, que decía que los romanos idiotas querían ser bárbaros, pero que los bárbaros listos querían ser romanos (...) La famosa modernidad es pensamiento hasta hace poco débil y creo que ahora dicen líquido, y para construir no es material muy compacto, me parece. En realidad sólo es un disolvente, y en ése es en el que cultura y civilización están liquidándose."

2 comentarios:

Terzio dijo...

Por eso es mejor no ser moderno.

Yo no soy moderno.

Y me espulgo de modernuras todos los días.

No sé si inet. es modernería; pero me digo que no, y ya está.

De todas formas, las moderneces peligrosas no son las técnicas ad extra, sino las ónticas ad intra.

P.s. Un señor puente, con octava y estrambote, sí señor.

+T.

Agus Alonso-G. dijo...

Ja, ja. No, el puente acabó el domingo, pero he estado ocupado.