lunes, 3 de diciembre de 2007

Literaturas

A lo largo de los últimos días, he podido y sabido terminar de leer algunos libros que llevaba coleando desde hace algún tiempo. Al que más he dedicado ha sido al Diario de un escritor de Fiódor M.Dostoievski, una antología de sus artículos periodísticos del que he escrito una reseña que publicará Aceprensa en no mucho. Del original, me cito: 'el escritor ruso apenas ofrece opiniones literarias y casi siempre que lo hace es en relación con las ideas que transmite una obra. Al mismo tiempo, uno de los tesoros de estas entregas es la ocasión de ser espectador del proceso creativo en la mente del escritor. Sin análisis ni subrayados del autor, en directo. Así, por ejemplo, con el brillante relato "La mansa", nacido a partir de un hecho real comentado meses antes, o con la continua aparición de temas e incluso frases propias del universo del escritor: "Puesto que no hay nada sagrado, se puede cometer cualquier abominación", pone en boca de un imaginario joven. (...) "La posición en que se encuentra nuestra juventud le impide encontrar en parte alguna indicación sobre el sentido supremo de la existencia. (...) No basta con acusar, es preciso buscar remedios. (...) En parte he emprendido la redacción de este Diario con el propósito de hablar de esos remedios mientras las fuerzas me lo permitan", escribe. Si Dostoievski no tuvo éxito en esa búsqueda, quedan estos textos, al menos, como esbozo de cierto vacío de la modernidad, profetizado por "un hombre feliz que no está satisfecho con algunas cosas"' -así define su conservadurismo liberal, que diría Ángel.

También he terminado con los Cuentos completos de Flannery O’Connor, en edición de Lumen. Como ya dije hace poco, me han cautivado progresivamente, a medida que avanzaba. Definiría la literatura de Flannery como “acerada”. Su técnica, sus temas, la manera de abordarlos. Fría, mordiente. Tiene definiciones que te dejan como si bebieses un buen vaso de agua glacial -prometo ejemplos- e historias que son un buen vaso de agua glacial (eso sí, con el sabor a polvo y paja del sur americano). Esa tía vale mucho y tira a dar.

El otro libro terminado ha sido Rojo y negro de Stendhal.

Ahora, toca acabar de leer el primer tomo de Sermones parroquiales de Newman, publicados por Encuentro (acaba de sacar a la venta el segundo tomo), y el Jesús de Nazareth (poco a poco) y la Spe Salvi, de Benedicto XVI. Me esperan en la encimera, suculentas, dos biografías: la del mismo Newman, de José Morales (Ed.Rialp), y la de Ronald Knox, de Waugh (Ed.Palabra). Estas me las llevo para iluminar los días de retiro que tengo previstos a partir del miércoles.

Cuento esto como celebración de la alegría que ofrece la literatura, refugio y escuela, evasión y pura vida. Una Ítaca, o Inisfree, o Bedford Falls. La Arcadia. Especialmente en tiempos oscuros... como pueden ser para mí los de cualquier otoño tardío.

3 comentarios:

Terzio dijo...

Admiro esos tragos ascéticos que le metes a la narrativa de la tal Flannery: Un vaso de agua glacial con gusto a polvo y paja debe ser tremendo.

(ponte el cordoncillo de San Blas, porque milagro será que no pilles algo otorrinolaringológico agudo)

Ya ves cuánto me preocupas, rapaz.

+T.

Agus Alonso-G. dijo...

Agreste. Pero saludable.

Terzio dijo...

Tú cuídate.

'