jueves, 22 de noviembre de 2007

Muerte de Dios en 35 mm


Desde el lunes hasta hoy, se reestrena Blade Runner en cines de Madrid, Barcelona y Sevilla. La excusa es su 25 aniversario y que se trata del Final cut de su director, Ridley Scott. La diferencia con respecto a la versión de 1992 es el limpiado de la imagen y de la mezcla de sonido (espectaculares en pantalla grande), y la inclusión de uno o dos planos nuevos, no más. Poco antes de Navidad se lanzará un maletín con 4 (ó 25) DVDs que incluyen todas las versiones de la película de culto.

Aunque no me guste su mensaje ni su estética, no puedo dejar de reconocer la brillantez de Blade Runner, su condición de hito cultural y fotografía de una época. No fotografía costumbrista, sino conceptual. La fuerza de esta película reside en crear una estética -lo cyberpunk- absolutamente original, y cuyo éxito está en que es parte de la forma, acompaña la reflexión filosófica de la historia.

El discurso que Blade Runner ofrece es existencialista y nihilista. Los personajes principales no son seres humanos, sino replicantes, androides “más humanos que los humanos” -tal y como reza el eslogan de sus creadores, la Tyrrel Corp.-. Son ellos los que importan para elaborar una parábola sobre la existencia humana. El resto es decorado. Las calles sucias, humeantes, oscuras, apenas iluminadas por chisporroteos de neón, envueltas en una lluvia perpetua, plagadas de criaturas de rasgos orientales que hablan continuamente un lenguaje incomprensible.

“Wake up! It’s time to die”, dice Leon. “It’s time to die”, repetirá Roy acuclillado. Esos replicantes, alegoría humana, se rebelan ante la brevedad de su vida, programada así por sus creadores. Viven en el pavor a la muerte. “No es bueno vivir con miedo, ¿eh?”, dicen a Deckard en momentos diferentes Leon y Roy, aunque este completa la reflexión: “Eso es lo que significa ser un esclavo”. “No hay nada peor que sentir picor y no poder rascarse, ¿eh?”, dirá también Leon. Todo tiene resonancias sartrianas: pasiones inútiles, la vida como castigo, el sinsentido... La vida es intrascendente, todos los momentos vivido “se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. Vivir es no hacerlo: “Lástima que ella no pueda vivir -grita el siniestro Gaff al otro lado de la lluvia- ¿Pero quién vive?".

Por ello, la única respuesta que Roy puede elaborar es vengativa, la muerte de su creador, al que le mueve la arbitrariedad y el capricho. La muerte de Dios. Y la única respuesta de Deckard es refugiarse en Rachael y huir sin pensar en nada más. Es difícil llamarle amor a eso, al menos en el universo inhumano de Blade Runner, pero es el brillo más hermoso de un mundo tenebroso, que me desasosiega porque aunque sea falso, se alimenta de esquejes de verdad.

(No he reflexionado ni leído nada acerca de la importancia de los ojos en esta película. Me pregunto si aportará algo a la reflexión conceptual de la película.)

2 comentarios:

Terzio dijo...

Yes, es un peliculón, de los que crean "género"; me gusta re-verla por, precisamente, la ambientación-escenografía; pero no es el tipo de cine que me va.

Estremece ver cómo se va acercando la réalidad a la ficción. Si es una fábula, la moraleja posible tendrá el mismo valor.

(el tema "teo" no lo veo, sin embargo)

Y me alegra lo de la reposición: A ver si se pone de moda; pienso que es una necesidad.

+T.

Francis dijo...

Es verdad, yo también me fijé en el asunto de los ojos (por no hablar del famoso plano del ojo, cierto), pero tampoco le encuentro una clara explicación. Todo será pensarlo, digo yo.