jueves, 4 de octubre de 2007

El extranjero

“Él dice lo que es, rehúsa enmascarar sus sentimientos y al instante la sociedad se siente amenazada... No es del todo erróneo, pues, ver en El extranjero la historia de un hombre que, sin actitudes heroicas, acepta morir por la verdad”, dice Albert Camus sobre su obra y sobre Meursault, su protagonista. Resulta casi dolorosa esa pretensión, de resonancias tan socráticas.

Es Meursault, también, la némesis de Raskolnikov. Las dos caras de la libertad entendida como autonomía ad infinitum. En su libro de crítica literaria, La verdad de las mentiras, Vargas Llosa dice de este libro: “la tragedia que Meursault simboliza es la del individuo cuya libertad ha sido mutilada para que la vida colectiva sea posible. Eso, su individualismo feroz, irreprimible, hace que el personaje de Camus nos conmueva y despierte nuestra oscura solidaridad: en el fondo de todos nosotros hay un esclavo nostálgico, un prisionero que quisiera ser tan espontáneo, franco y antisocial como es él”. Pero el extrañamiento, la ajenidad al mundo tal y como lo entendemos, de Meursault, se da tanto en nuestro mundo, a mi juicio, como la gravedad cero. Y es que el papel lo aguanta todo, pero la realidad es tozuda como la conciencia de Raskolnikov.

No es cierto que mi libertad acaba cuando empieza la de los demás, ni que todos renunciamos a un poco o mucho de libertad para crear el Estado. Nuestro carácter dialógico implica una libertad realizada en relación a. Así, la autonomía nietzscheana es perversión inhumana, como bien intuye el mismo Vargas Llosa en su crítica, resumido en la frase: “El mundo de Meursault no es pagano, es un mundo deshumanizado”. Qué iluminación, al respecto, la propuesta de Ratzinger en Introducción al cristianismo según la cual Aristóteles se confunde al considerar la “relación” un accidente, cuando es íntimo, esencial, sustancial, al ser humano.

En un momento del juicio, el narrador-protagonista de la obra de Camus dice: “sentí entonces que algo indignaba a toda la sala y, por primera vez, comprendí que era culpable”. Me temo que esta indignación será un clamor, cuando la sala sea el mundo occidental y el yo, la modernidad.

No hay comentarios: