miércoles, 16 de mayo de 2007

Pa pensar. Y mucho.

Mientras preparo un artículo, descubro algo espantosamente sintomático. Que los católicos que han hecho literatura -gran literatura- y han participado en el debate intelectual del siglo XX sean en su inmensa mayoría conversos: quitando a Tolkien, Bernanos y Flannery O'Connor, y en segunda o tercera fila a Belloc, y dejando de lado a los españoles, cuya influencia en la renovación del pensamiento católico sería discutible, tenemos a Graham Greene, Charles Péguy, Jacques Maritain, Gertrud von Le Fort, Sigrid Undset, Julien Greene, Ronald Knox, Chesterton, Evelyn Waugh... Y así.

3 comentarios:

Terzio dijo...

La frescura del neófito, la efusión del entusiamo, la inteligencia del Misterio, la sensibilidad del mundo en juego con la ruptura de la fe...Tantas cosas y tan personales en cada caso y escritor.

No sabría precisar bien en qué particulares el siglo - su momento y circustancias - y el medio cultural de procedencia definen una especial "calidad" conjugada con lo católico; lamentablemente, ese selecto elenco está muy ignorado por la mediocre literatura que sufrimos.

+T.

batiscafo dijo...

Sí, y quizá también porque ellos han recibido el don de la fe después de estirar el intelecto hasta las puertas del misterio.

Su experiencia personal muestra el contraste entre una vida sin fe y una vida con fe, y esto, manifestado a través del arte, es sumamente enriquecedor y hermoso.

A muchos católicos bautizados de niños no nos han enseñado a pensar la fe ni a vivirla en cada etapa de nuestro crecimiento personal. Con frecuencia la enseñanza religiosa se limita a mera instrucción o catequesis y eso ni genera cultura ni satisface a la razón. Y luego pasa lo que pasa.

Yavembar dijo...

Al igual que a ti, también me impresiona la lucidez y brillantez de todos estos conversos, que llegan nuevos a nuestro club universal y dejan en evidencia la fuerza de nuestra Fe, incapaz de grandes creaciones como las suyas.

Durante mucho tiempo, yo los envidié, como el hermano del hijo pródigo. Pero luego descubrí que jamás habría soportado vivir en la oscuridad del error o de la negación.

Como dce Alejandra Borghese, un converso ve "con ojos nuevos". Igual que aquéllos que siempre hemos formado parte de una familia con una pdre y una madre que nos quierennunca podremos comprender la felicidad del niño huérfano acogido por un familia; para el que la madr e, el padre y hasta el amor son novedosos. Aquéllos que recibimos el don de la Fe desde nuestro nacimiento nunca podremos comprender la fuerza del amor de aquéllos que se encontraron ya mayores con su verdadero Padre y con el verdadero Amor.

Pdría seguir cinco páginas más, pero no quiero aburrir. Me ha encantado conocer tu blog.

PD: Tolkien es converso, pero se convirtió a los ocho años. Puede que parezca que una conversión a esa edad no es como cuando uno es adulto. Pero hayq ue omprender que Tolkien no era un niño cualquiera, era un niñoq ue empezó a aprender latín a los cinco años.