viernes, 16 de marzo de 2007

Mosaico


En la parada del autobús te llegan retazos de conversación en rumano -lo sabes por sus bigotes, por el castaño neutro de sus cabellos, por su estilismo cutre-. Quizá ya en el vehículo te topes de frente con unos ojos almendrados que engastan el azul gélido. Una polaca. Camino de la oficina y sin saber por dónde llegaron, bailan a tu alrededor los múltiples tonos del chino milmillonario y ancestral. E incluso un par de turistas que supones americanas te sorprenden con el rítmico compás de su lengua, que sólo por pertenecer a la potencia número uno les da un toque cool. Vayas por donde vayas, te rodean el tono aceitunado de un sudamericano y -callarlo sería corrección política de la más patética- la mala educación de muchas de sus mujeres, que se escabullen egoístamente entre empujones y con pupilas ávidas para coger el hueco libre en el vagón de tren. Y el aire siempre sospechoso de los marroquíes, a los que la pulsión le hace a uno suponerlos delincuentes. Y la discreta presencia de los subsaharianos, a pesar de su melaninínica especificidad.

Madrid tiene ya algo de bazar, en su mezcla de nacionalidades, en sus rostros multiformes, e incluso en ese olor acre que te golpea cuando entras al metro, el reducto de los modestos, y por tanto hoy del inmigrante, donde entras y no sabes si estás en Quito, un barrio pobre de Nueva York o simplemente en un anuncio de Unicef.

A mí, lejos de suscitar la incertidumbre ante el extraño que suele producir en algunos -la desconfianza como sistema-, me hace celebrar la vida, me reconcilia con el mundo. Me trae a la puerta de mi casa, a mi portal, el orbe entero, sin necesidad de poner la tele. Es la suerte de vivir en la periferia, en los barrios populares, donde más ilusionada palpita la vida, aunque sea moribunda. Esta variedad me da la oportunidad de abrirme al Otro, que decía Kapuscinski. Y, seamos pragmáticos, me recuerda también que estamos subidos al carro del desarrollo económico.

(Uno parece que debiera hablar de Inmaculada, de que la autoridad que me merece un mayor respeto ético y médico me confirma que no hay eutanasia, pero me resulta repulsivo ese encumbramiento mediático del antiheroísmo posmoderno, de la cobardía hecha carne -Dios la tenga en su Gloria-... Repudio por carentes de interés humano esos artículos que cuentan cómo murió -ABC-, un calco mefítico de lo que El País publicó a cuenta de una tal Madeleine.)

4 comentarios:

batiscafo dijo...

Gran entrada. Y no sabes cómo se agudiza esa impresión para quien no vive en Madrid pero la visita de vez en cuando.

Terzio dijo...

¿Te gustan las pinturas/ilustraciones de Norman Rockwell?

Si te mando una, ¿la pones en esta entrada? Se titula The Golden Rule.

Te la mando!

+T.

Agus dijo...

Thanks a ambos. No conocía al amigo Rockwell. Soy artísticamente bastante analfabeto.

Terzio dijo...

Sí le conoces: Es el de los PapáNoeles de Coca Cola, un genio entre pintores-publicistas, un clásico.

Ya verás.

+T.