miércoles, 14 de febrero de 2007

Declarando el amor

Ayer volvió a costarme dormir; no lo logré hasta las serían las dos y pico, o menos quizá. Llevo así varios días. Primero pensé que era una secuela de la gripe. Las horas de cama me habrían quitado el sueño. Ahora empiezo a sospechar de que es un problema psicológico-afectivo. Estoy tan embarcado en la novela, que cuando me meto en la cama sigo pensando en los personajes, en la historia, en el ambiente, en la arquitectura narrativa, y no logro conciliar el sueño. Parece que mi cuerpo preferiría seguir dándole al teclado que perder el tiempo en el mundo de la nada abstracta.

Así, volví ayer a pensar algo que no es original, por supuesto. Hasta ahora la literatura ha sido para mí como una amante ocasional. Una relación que alterna las temporadas de pasión más voraz con las de indiferencia, con la huida inconsciente por otras pequeñas idolatrías. (Lo mejor es enemigo de lo bueno, de nuevo). Encontrarme con ella, apasionarme, sumergirme en la literatura -creativamente, como lector, como escritor- es como hacerlo con una vieja conocida a la que se ama y que uno sólo recuerda como fuente de satisfacciones, de modo que se vuelve a preguntar por qué la abandonó la última vez. Pero se acuerda de estos meses de rumiar una historia, unos personajes, que ahora parecen salir rodados, pero que han supuesto horas de esterilidad, de pensar... Meses duros porque parecen baldíos y porque el primum vivere aprieta, y la tentación de si no será uno un caradura. Y la llamada de la gloria fácil, pero efímera. Del espejuelo y la fast fame, en lugar del deber de hablar al mundo en la manera que mejor se amolda a las cualidades personales.

En estos días de renacida pasión, aprovecho para leer a Lampedusa y Joseph Conrad, y volver de nuevo al Quijote, aunque Quijana y Panza tendrán que esperar poco más allá del campo de Montiel mientras empaco en mi buchaca emocional los Cuentos completos de Flannery O'Connor. He conectado absolutamente con su tono, con la manera en que su catolicismo (de lectura diaria de la Summa Theologica) se refleja en las historias y los personajes, atormentados y pecadores. Y que seguramente sea escándalo para algunos. Espero también el momento de regresar a El Señor de los Anillos; en la convalecencia he visto la apasionante trilogía de Jackson (tan repudiada por alguno de los aquí presentes) y me ha despertado mil emociones y buenos pensamientos. Me ha envalentonado el ánimo.

Ahora que recupero esta hermosa relación de amor, confío en poco a poco comprometerme con ella hasta que la muerte nos separe.

2 comentarios:

Terzio dijo...

Lampedusa, ecco il tempo allontanato e la sua bella rimembranza.

Pero, si te acuestas, como dices, con una vieja en la mente, es normal que te desveles. Tira a la vieja, y duerme enamorado de algún sueño que sea sueño, sólo sueño.

+T.

Anónimo dijo...

Te recomiendo algo que puede sonarte ridículo, pero a mí me va bien: el TAI-CHI...

Poco poético, lo sé, pero en ocasiones viene bien situarse a ras de suelo para coger impulso y lanzarse a las alturas... No me gusta el insomnio, sea cuales fueran sus causas conscientes o inconscientes...