miércoles, 17 de enero de 2007

Piratas

Lo que sabemos es esto: la última década del siglo XX cambió el mundo. Una repentina e inesperada erupción de nuevas ideas y nuevas tecnologías cambió la política y la economía en todas partes. Miles de millones de vidas se vieron transformadas. La desaparición de la Unión Soviética desacreditó al comunismo, otorgando a la democracia y al libre mercado una popularidad sin precedentes. Como resultado, la década de 1990 pasará a la historia como ejemplo de un período en el que el poder de las ideas se hizo evidente para todo el mundo.

Estos años se recordarán también como otro período en el que el ritmo del cambio tecnológico cogió por sorpresa a todo el mundo. Las nuevas tecnologías hicieron el mundo más pequeño y consiguieron que la distancia y la geografía fuesen menos importantes que nunca. Durante la década de 1990, lo único que parecía bajar con más rapidez que el coste de enviar un cargamento de Shanghai a Los Ángeles era el coste de hacer una llamada telefónica de un extremo del mundo a otro. Viajar a lugares antaño exorbitantemente caros o políticamente prohibidos pasó a convertirse de repente en una experiencia normal para millones de personas. Las consecuencias políticas de todo esto fueron tan importantes como las económicas. La democracia se diseminó, y durante la década de 1990 el número de países en los que se celebraron elecciones alcanzó un máximo histórico. Y lo mismo ocurrió con los mercados de valores, el comercio internacional, los flujos de capitales internacionales, y el número de películas, libros, mensajes y llamadas telefónicas que cruzaron las fronteras.

Esa es la parte que conocemos. Es una historia en la que todos hemos participado, y que ha sido el tema de un montón de libros y objeto de una amplia cobertura mediática. Pero hay otra historia que discurre paralela a esta. Y esa otra historia resulta igual de importante, aunque mucho menos conocida.

Se trata de una historia de contrabando y, en términos más generales, de delincuencia. Durante la década de 1990, los contrabandistas se hicieron más internacionales, más ricos y políticamente más influyentes que nunca. La delincuencia global no sólo ha experimentado un espectacular aumento de volumen, sino que, debido a su capacidad para amasar colosales beneficios, se ha convertido además en una poderosa fuerza política. Y las ideas a través de las que interpreteamos la política y la economía mundiales deben ajustarse a este cambio... urgentemente”

(Ilícito, Moisés Naím -director de la revista Foreign Policy, Ed. Debate; pp.28-29)

El riesgo de la libertad o con grandes medios, caben grandes males. Estremecedor, ¿no es cierto? Leo el libro con verdadero interés, boquiabierto ante las estructuras de mal que se propagan por el ancho mundo, como una de las consecuencias negativas de la globalización.

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