martes, 23 de enero de 2007

Las cisternas agrietadas

He vivido años de permanente conflicto atribulado con mi propia sociedad, como quien mira a un ser extraño, al otro; como si mi tiempo no me perteneciese. Alienado. Ahora descubro la diferencia entre confrontación y enfrentamiento, y empiezo a comprender que para transformar el mundo en el que vivo, he de aceptarlo mío, ser fiel a él con esa especie de lealtad cósmica de la que hablaba Chesterton. Comienzo a entender que más que con mi mundo, con quien ando en conflicto es con esa parte de mí mismo que es de su época, de una época en la que los negros sobresalen de tal modo que se nos puede hacer completamente abominable.

Soy yo el sentimental crónico, o el que quiere una explicación empírica para la felicidad. Hablo de mí cuando critico a quienes defienden la libertad como pura indefinición o como tenerlo todo, quienes ven en las normas de la propia naturaleza un yugo insoportable. Quienes se encuentran maniatados por la propia sensibilidad. Soy yo el laicista, y el relativista, el nihilista y el pornógrafo, y el asesino, el traficante, el vanidoso, el corrupto y el pragmático utilitarista, y el que no cree en la culpa.

Soy yo el pecador. Quizá mayor hoy que en cualquiera de los tiempos. Y no por otra cosa precisamente necesito una redención. Y conmigo, mi tiempo. Que es mío. O yo soy de él.

No hay comentarios: