lunes, 29 de enero de 2007

Albornozo

Ayer estrené el albornoz que los Reyes me habían traído pero que hubo que descambiar (¿será gramatical esta palabra?) porque el original era demasiado corto. El nuevo es tremendamente elegante, tipo bata, a gruesas rayas azules, claras y oscuras, y con un cuello señorial que me hace pensar por un momento que alguien está a punto de traerme el desayuno a la cama. Atacado por el complejo del niño que estrena zapatillas y que no se las quita ni para dormir, anduve tentado de sacarlo a pasear, o de quedarme el día entero en casa, paseando de arriba a abajo con el albornoz de barón de Coubertin. Lástima que sea demasiado corto para dejar mis pantorrillas al aire. Pensaba escribir algo al efecto, pero me temo que alguno de los frecuentadores de este blog me atacaría puritanamente, así que decido dejarlo.

A cambio, sigo citando a Ratzinger, de nuevo en La sal de la tierra:
La fe es una fuente de alegría. Cuando Dios falta, el mundo queda en tinieblas, todo parece aburrido y no satisface nada. En la actualídad se comprueba fácilmente que cuanto más se vacía el mundo de Dios, más necesidad hay de consumismo y más se vacía el mundo de alegría. El máximo gozo es siempre producto del amor y en eso consiste exactamente la esencial manifestación de la fe. Nosotros somos amados por Dios de modo absoluto. Por eso es tan bien aceptada la difusión del cristianismo entre los débiles y los que sufren.

Claro está que eso también se puede interpretar según el pensamiento marxista diciendo "son sólo buenas palabras", "eso no es la revolución". Pero no veo justificado que nos preocupen ahora afirmaciones como esas. El cristianismo ha logrado unir a señores y a esclavos de una forma totalmente nueva; aunar tal como Pablo advierte al dueño de un esclavo: "no castigues a tu esclavo, ahora es tu hermano".

Así que podemos decir que la alegría es un elemento constitutivo del Cristianismo. Alegría, pero no en el sentido de la que es causada por el ocio y la diversión, que siempre puede ocultar cierto fondo de desesperanza. Todos sabemos que el alboroto, a veces, es una máscara para disimular la desesperanza. El cristianismo da una alegría propiamente dicha. Y es una alegría que, además de ser compatible con las dificultades de nuestra existencia, contribuye a hacerla más fácil. En el Evangelio, la historia de Jesucristo empieza con las palabras que el ángel dirigió a María, en forma de saludo, "¡Alégrate!". Y en la noche de su nacimiento, los ángeles también repetían: "os anunciamos una gran alegría". El propio Jesucristo manifiesta que viene a traernos una buena nueva, es decir, que el meollo nuclear del mensaje es siempre este: "vengo a anunciaros una gran alegría, Dios está aquí, os ama y así será para siempre"."

9 comentarios:

Terzio dijo...

Pués sí que está bonito: Empezar con albornoces, y acabar con Ratzinger...sin solución de continuidad y en el mismo tomo.

O témpora, o mores!

+T.

Francis dijo...

El viejo truco: "no hablaré de que...", y el daño está hecho.

Agus dijo...

Como la vida misma.

batiscafo dijo...

¡Grandioso y envolvente titular!

batiscafo dijo...

¡Ah! y "descambiar" es gramatical.

Esta discusión la tengo a menudo con mi madre: el primer cambio es el del objeto por dinero.

Para más seguridad, acudo al DRAE: "Devolver lo comprado a cambio de dinero u otro artículo".

Agus dijo...

¡Gracias! Me sonaba a cocreta.

Jesús Sanz Rioja dijo...

Yo también era de los que se reían con lo de "descambiar". Fue Amando de Miguel quien me sacó del error. Agus, un saludo.

Agus dijo...

Yo reír nunca, porque me encantan ciertas palabras agramaticales.

Pseudopodo dijo...

¿Seguro que era un albornoz? Porque si era una bata, el título debería haber sido "Batiburrillo". Todavía estás a tiempo de descambiarlo...

:-)