martes, 31 de octubre de 2006

Máxima

Cuando haya aprendido a amar a Dios más que a lo que más quiera en la tierra, amaré lo que me resulta más querido mejor que lo he hecho hasta ahora. En la medida en que aprenda a amar lo que más quiero en esta tierra a expensas de Dios y en lugar de Dios, me estaré moviendo hacia ese estado en que ni siquiera podré amar lo que más amo en la tierra. Cuando las primeras cosas se ponen lo primero, las segundas no quedan suprimidas sino aumentadas”

En una carta de C.S.Lewis a la sra.Jacob; 3 de julio de 1941.

lunes, 30 de octubre de 2006

Lo que hay... y fumarse un puro

104. En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor.

(...)

105. Se pide a todos gran vigilancia para no dejarse contagiar por la actitud farisaica, que pretende eliminar la conciencia del propio límite y del propio pecado, y que hoy se manifiesta particularmente con el intento de adaptar la norma moral a las propias capacidades y a los propios intereses, e incluso con el rechazo del concepto mismo de norma. Al contrario, aceptar la desproporción entre ley y capacidad humana, o sea, la capacidad de las solas fuerzas morales del hombre dejado a sí mismo, suscita el deseo de la gracia y predispone a recibirla. «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?», se pregunta san Pablo. Y con una confesión gozosa y agradecida responde: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rm 7, 24-25)"

Lo dijo -lo dice- Juan Pablo II en la Veritatis splendor. (Suyas son las cursivas.) Qué seguridad esa conciencia de la desproporción ante el estiercol diario que uno es capaz de producir.

Y eso me recuerda otra cita, esta vez de Chesterton:

El sacramento de la Penitencia concede vida nueva y reconcilia al hombre con todo cuanto vive, pero no lo hace como suelen hacerlo los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don se concede mediante un precio y está condicionado por una confesión. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también se puede llamar Realidad; pero se trata de afrontar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso se aplica sólo a los demás se llama Realismo”

Afrontar la realidad, partiendo de la premisa de la desproporción entre ley y capacidad humana. Difícil tarea de liberación. Con la que sueño. Hacia la que camino.

viernes, 27 de octubre de 2006

Por causas ajenas

“Por causas ajenas a Metro el servicio en el andén 1 estará detenido por un tiempo estimado de cinco minutos”. Lloviendo sobre el mojado de un nuevo atasco en la A-3 ayer por la mañana. Y por causas ajenas a Metro el servicio en el interior de uno no se prestaba con normalidad. Por causas ajenas a Metro y por causas ajenas a uno mismo, o eso quiere creer. Justo estos días leía un artículo que desarrollaba la idea del comunitarismo de un filósofo actual estadounidense llamado McIntyre. Para que nos entendamos, la del individuo como ser dependiente de sus prójimos, lo quiera o no. Y uno podría tratar de ser como el personaje aquel que Patricia O’Neal representaba en The Fountainhead, huyendo de crear relaciones afectivas con los demás, para no sufrir. Pero no hay manera. Y así, nos encontramos de repente ultrajados por alguien del que no cabría esperarlo, cosa que pone furioso. Y, encima, un feo –al menos uno cree que lo es- que aunque no resulta extraño de quien viene, no deja de doler por ser gente por la que uno ha dejado tiempo, dinero y esfuerzo. Y eso basta para que esa mala baba que uno lleva dentro, ese pequeño zurcidor de rencores, se pase el día entero reconcomiéndose de ansiedad, ira y qué sé yo.

Gracias a Dios, está la amistad, y el teléfono móvil. Los retortijones de colera se purifican y cabe la posibilidad de disolverlos antes de que solidifiquen en costra. Aunque todavía, me temo, queda mucho que purgar.

Gracias a Dios, también está este rincón para sacar el bicho y analizarlo, y ridiculizarlo por exposición a los ojos públicos aunque familiares. Y dar un poco de lástima también, claro que sí.

(Yo, por el contrario, no soporto el otoño, me resulta huraño, dañino, coñazo; aunque trato de no recordármelo mucho para no ahondar en ello.)

Vaya semana. Y todavía no os conté la del lunes. Eso sí, mañana es sábado... Qué gozo. La idea más aproximada que mi pobre cabeza puede hacerse del cielo es un sábado eterno. Y además, cenaré con Juan Manuel de Prada -entre otros-, y hemos quedado -si me dice la hora y el lugar, claro- en ir a recogerle.

jueves, 26 de octubre de 2006

Las aguas a su cauce

Se creyeron que rebelarse contra la cultura cristiana que les había precedido era simplemente un cambio de chaqueta, y no se dieron cuenta de que lo que habían hecho era rebelarse contra la naturaleza humana. Era arrancarse el corazón e intentar sustituirlo por uno de cartulina.

Pero la naturaleza vuelve a su cauce. Leo en Educación y ciudadanía en una sociedad democrática (pág.220), de Ediciones Encuentro, acerca de la educación diferenciada, y parece evidente que vamos hacia ella de nuevo, como signo de progreso:

En Francia, Canadá, Suecia, Reino Unido, Alemania, entre otros países, se propugna como moderno y progresista la instauración de los colegios públicos diferenciados como alternativa a los colegios mixtos. En España, por el contrario, lo progresista es lo obsoleto. Las conquistas sociales de la mujer radican en negar su feminidad y convertirse en unión con el sexo masculino en seres asexuados, neutros, radicalmente iguales, cosa que curiosamente resulta inaceptable para las tendencias feministas más modernas”

El rollo de la construcción social del género es, eso, un rollo macabeo. Que ha hecho mucho daño. Hace no mucho discutía yo con una persona formada, de buena cabeza, sobre el rol de la madre en la familia, y me venía a decir que los vínculos afectivos entre padres e hijos es una cuestión de dedicación de tiempo. Era mujer. Le han enseñado a avergonzarse de lo que hace grande a una sociedad. Quizá el que está loco soy yo, pero es que lo encuentro tannnnnnn evidente.

¿Por qué lo llaman libertad cuando quiere decir fracaso?

Continuando con la reflexión acerca de la ataráxica estolidez disfrazada de pensiero devole que nos envuelve (y que, carajo, a uno le influye, claro que sí) cito un texto que ayer leía y que me parece penetrante como espada de dos filos.

Acerca de la última ley de divorcio:

“En su exposición de razones se dice:

La reforma que se acomete pretende que la libertad, como valor superior de nuestro ordenamiento jurídico tenga su más adecuado reflejo en el matrimonio. El reconocimiento por la Constitución de esta institución jurídica posee una innegable trascendencia, en tanto que contribuye al orden político y la paz social, y es cauce a través del cual los ciudadanos pueden desarrollar su personalidad.

En coherencia con esta razón, el artículo 32 de la Constitución configura el derecho a contraer matrimonio según los valores y principios constitucionales. De acuerdo con ellos, esta ley persigue ampliar el ámbito de libertad de los cónyuges en lo relativo al ejercicio de la facultad de solicitar la disolución de la relación matrimonial.

Con este propósito, se estima que el respeto al libre desarrollo de la personalidad, garantizado por el artículo 10.1 de la Constitución, justifica reconocer mayor trascendencia a la voluntad de la persona cuando ya no desea seguir vinculado con su cónyuge. Así, el ejercicio de su derecho a no continuar casado no puede hacerse depender de la demostración de la concurrencia de causa alguna, pues la causa determinante no es más que el fin de esa voluntad expresada en su solicitud, ni, desde luego, de una previa e ineludible situación de separación’

¿Por qué esta ley parece contradecir el espíritu de la educación cívica que tan importante es, aparentemente para el Ministerio de Educación? Esta ley se apoya en la idea de que el sistema jurídico no puede, en ningún caso, impedir las libres decisiones de los ciudadanos que no atenten contra otros . Pero aún más, ni siquiera puede estipular unas causas por muy genéricas que estas sean. No está bien que el Estado intervenga en el amor. Bajo este argumento subyacen algunas consecuencias impresionantes y que muestran hasta qué punto hemos trastocado los valores sobre los que se apoya un sistema cívico medianamente sano. (...) Resulta así que, sorprendentemente, es más fácil disolver un matrimonio que una fábrica de quesos, pues una fábrica tiene compromisos mucho más importantes para el Estado, y parece que también para el bien social, que el matrimonio.

Puede que surja ahora una pregunta: si esto es realmente así ¿bajo qué argumento debemos crear una asignatura que enseñe a los niños a comprometerse en la participación en la vida pública? ¿Exige más educación el compromiso en una ONG que el compromiso en la creación de una familia? ¿No es acaso el compromiso matrimonial, si se acepta, más importante para el mantenimiento de la vida social que el que hacemos a una ONG? Si no se enseña el significado del compromiso personal, si ni siquiera el legislador que quiere impulsar una educación cívica ve en compromisos personales fundamentales atisbos suficientes de responsabilidad social, entonces cualquier participación, por supuesto incluida la que se pueda tener en una ONG, puede legítimamente estar al albur de mis caprichos o mis apetencias momentáneas y, por lo tanto, sobra una asignatura o sobra la referencia a contenidos que no sean puramente cognitivos y negativos (lo que no sepuede hacer), es decir, nada de actitudes, valoraciones, etc., pues sobre eso el Estado no tiene nada que decir" (David Reyero García en "¿Pero todavía alguien cree que es posible la educación cívica?", artículo de Educación y ciudadanía en una sociedad democrática, de Ediciones Encuentro)

Y es dejar en cueros con suma sencillez lógica la incoherencia que rige el pensamiento dominante.

Luego, a cuento de otro planteamiento dice: "No se puede ser buen ciudadano si no se es un buen hijo". Sí, sí, pero había que decirlo...

Y el título del mensaje venía de algo que hace tiempo pienso. ¿Por qué nos venden que el divorcio es una conquista de libertad personal, si no es más que la constatación jurídica de un fracaso afectivo y personal? No juzgo, simplemente describo.

miércoles, 25 de octubre de 2006

Nietzsche fue más valiente

La Educación para la ciudadanía “profundizará en los principios de ética personal y social y se incluirán, entre otros contenidos, los relativos a los derechos y libertades que garantizan los regímenes democráticos, los relativos a la superación de conflictos, la igualdad entre hombres y mujeres y la prevención de la violencia contra estas últimas, a tolerancia y la aceptación de las minorías, así como la aceptación de las culturas diversas y la inmigración como fuentes de enriquecimiento social y cultural”.

La desconfianza, el recelo y el rechazo ante este engendro nace del miedo a que los Sumos Sacerdotes de lo Políticamente Correcto le impongan a los hijos de los demás (no a los que ellos no tienen, claro) lo que son el bien y el mal. Pero creo que a un nivel más profundo, el desprecio y la repugnancia nacen de que los derechos humanos salen mancillados en la pluma, en la boca de quienes no creen en ética y verdad alguna más que la que nace de la mayoría.

Lo que más asco da de esta sociedad es su tibieza. Y es lo que más daño hace. Al menos Nietzsche, amén de una soberbia luciferina, tuvo los cojones de llevar hasta las últimas consecuencias su irracionalismo. Los que hoy defienden una moral autónoma, no tienen la coherencia de postular que eso sirva para justificar cualquier atropello*. Y, sin embargo, acabamos deslizándonos en burguesa complacencia hacia los mismos salvajes crímenes de los Nazis, haciendo nimias sus estadísticas.

*¿Cómo se puede defender una moral materialista-empirista e indignarse porque EEUU masacre población civil? Por poner un ejemplo tonto que siempre me ha corroído. O, el tema es palíndromo, ¿cómo se puede ser "provida" y defender la agresión bélica o la pena de muerte?

martes, 24 de octubre de 2006

Sin título, aún (VI)

¿Por qué cuando había recordado con viejos compañeros su primer año de carrera, lo había hecho con satisfacción, jactándose de la vitalidad con que había afrontado la entrada en la universidad? Volviendo a ello ahora, le aguijoneaba la vergüenza al intuir que había poco de lo que enorgullecerse en aquella actitud derrochadora. Sentía un reparador consuelo al percibir el cambio experimentado. Es natural encontrar discreto regocijo en comprobar que el tiempo también construye, que las transformaciones personales, acaecidas muchas veces imperceptiblemente, son patentes, que no todo es desgaste y acabamiento. Porque el joven superficial que él era sufrió algunos encontronazos que cambiaron el rumbo de su vida.

Carolina... Qué perfume de violenta añoranza traía consigo. Después del varapalo en los primeros exámenes de junio, y pasado un verano entre la depresión y la búsqueda voraz de afecto agotada en lo efímero, apareció en su vida aquella chica transparente y arrolladora. ¿De dónde procedía aquel torrente de vitalidad que se reflejaba más en las palabras que en los gestos? Lo dice todo que fuese ella, de un modo inconsciente y como de farol, quien se presentase, quien demostrase un mayor interés, quien se postulase a novia, a amiga, a compañera de inquietudes y de pasiones.

En efecto, ella adoraba la pintura. Había hecho lo posible por desarrollar unas cualidades que no tenía. Clases, cursos en el extranjero, viajes... Sus padres no escatimaban recursos para satisfacer lo que consideraban una inútil obsesión de su criatura. Pero tuvo que resignarse a disfrutar con las obras de los demás. Estudiaba tercer curso de Historia del Arte cuando le conoció. Decía que había sido un regalo del cielo a su insistente devoción por el arte. Carolina era muy madura para su edad y fascinó al chico por completo.

Recuperó de nuevo el fuego creativo y se entregó a pintar y pintar, siempre con el efusivo empuje de Carolina aplaudiéndole, animándole, corrigiéndole, empeñándose en que recuperase el tiempo perdido. Volvió a sentir aquella convicción que desde los diez años le había golpeado cíclicamente. Dios mío...

(Continúa)

[Y ya si eso mañana cuento de cómo ayer un homosexual cuarentón intentó ligar conmigo con la excusa de un melodrama a cuestas]

lunes, 23 de octubre de 2006

Mal tiempo y mala cara

Cuando es lunes y uno comienza la semana durmiéndose, llegando tarde a trabajar después de una hora y media en los transportes públicos, sometido a la presión psicológica de viajar en el autobús embotellado en un atasco 'made in obras de la M-30' y con el tímpano perforado por un vecino pessssao, sin poder afeitarse, aplatanado por las bajas presiones y la lluvia, teniendo que escuchar las patéticas blasfemias contra la Virgen de un capullo a las puertas del metro, y subiendo las escaleras mecánicas a pata porque no funcionan... uno se da cuenta de que no será original quejarse y creerse la víctima de una conspiración universal, pero de alguna manera hay que liberar el estrés.

Lo cierto es que no me puedo quejar realmente. No es que uno sea la de Lissieux arrostrando las contrariedades del día a día, pero la verdad es que cuando la semana comienza con tantos contratiempos no es ilusión boba pensar que las cosas sólo pueden ir mejor. Y así me sostengo, con la promesa de un después mejor.

(De todas, todas, qué se podía esperar tras un domingo de gloria como el de ayer, con Alonsete y el Madrid haciéndonos estar felices, aunque sea con disfrutes elementales... Tras el gozo viene la tempestad. O algo así.)

miércoles, 18 de octubre de 2006

A pesar de todo

El cristianismo es vital, optimista; mi fe es un cobijo donde la razón encuentra un fuego acogedor y el corazón unas mullidas pantuflas de cuadros escoceses. Pero, gracias a Dios -y a mis educadores-, tengo un sentido de la justicia y de la dignidad humana que me lleva al desasosiego cuando veo cosas como ésta:

Aunque la muerte se vista de seda.

"Mi vida es soledad, vacío y opresión", dice Inmaculada.

La primera reacción de mi alma tiende a la desesperación, como las manzanas a las cabezas de los físicos. No entiendo qué hay detrás de ese empeño: 1) por promover el desprecio a la propia vida, que es un desprecio directo a las vidas de todos los demás enfermos o necesitados 2) por convertir un caso de éstos en portada social, en necesidad legislativa. Hace tiempo que creo que detrás de la cultura de la muerte hay algo más que el sometimiento a los apetitos físicos (el sexo desenfrenado que lleva al aborto, a la perversión de las relaciones humanas) y a la avaricia (el ansia de dinero de el empresario que hace dinero en Bélgica vendiendo el kit de eutanasia o los jugosos beneficios de esa multinacional del aborto y la anticoncepción disfrazada de Hermanas Ursulinas laicas). Algo debe haber de ansia de poder luciferina. Una rebeldía consciente, lúcida, contra Dios y contra su reflejo en el ser humano. Si no, no se entiende. Y, de veras me alegro de seguir escandalizándome de este empeño en destruir vida más que en crearla o recrearla.

En esto de la eutanasia, no sé tú, pero yo me juego mi propia vida. Yo lamento el dolor y la desesperación de Inmaculada, pero con la dignidad de los enfermos y de todos los que sufren (sufrimos) no se juega. Y, seguramente sin saberlo, ella -y la 'caritativa' Liga de la Ley y el Orden Morir Dignamente-, están insultando a muchos seres humanos (claro que quién quiere hoy a los bebés con malformaciones). Desde que me contaron el caso documentado de aquella monja que fue eutanasiada contra su voluntad porque el médico consideró que sus convicciones religiosas le impedían reconocer que quería la eutanasia, decidí dedicar bagajes y esfuerzos contra la eutanasia, de la que pienso defenderme como gato panza arriba.

Me autocito. Lo siento. Pero ya es casualidad que justo esta semana. "Tolerancia cero" con la eutanasia.

Y a pesar de todo, el mundo ya está dando la vuelta. Sonrían a la cámara, por favor.

martes, 17 de octubre de 2006

Sin título, aún (V)

La emoción que acompaña al descubrimiento de la propia riqueza interior, del don, se manifiesta en un primer impulso entusiástico. Sin embargo, el empuje va perdiendo fuerza progresivamente, y acaba recibiendo el ataque de los enemigos. En esas edades, los mayores peligros proceden del temor a la singularidad. El pavor que siente quien ha sido apartado de entre sus iguales para una tarea, vértigo porque aunque la misión es elevada supone distanciarse de la masa, ser diferente. Y surge intempestiva la tentación de que la vida, la verdadera vida, la que disfruta entre carcajadas el común de los semejantes, se escapa. La predilección divina se convierte en castigo.

Los lienzos quedaron apilados bajo una manta de inconsciencia y Diego desapareció para siempre.

(Continúa)

lunes, 16 de octubre de 2006

Sin título, aún (IV)

Recordaba al profesor de Historia como un hombre en la cuarentena –le pareció viejo cuando lo conoció-, gris, apagado, indolente. En efecto, por muchos motivos que no viene al caso explicar, la abulia de aquel hombre se había convertido en desesperanza, y ésta estaba a un paso de hacerse crónica. El encuentro entre ambos significó una redención para aquel profesor machacado por el devenir de los años y la acumulación de fracasos. Para el alumno, representó el verdadero descubrimiento de lo que podía significar su don, una manera de modelar las ansias de devorar el mundo que le bullían en la recién estrenada juventud. Diego quiso ser un maestro en el genuino sentido de la palabra, dispuesto a gastar sus energías en insuflar aliento artístico a aquella vocación incipiente hasta que cobrase vida propia.

Lo que son las cosas. ¿Dónde estaba aquel fuego hoy, aquella erupción de vida? ¿Era su vocación frustrada? Con qué liviandad, al menos aparente, suele uno escucharlo. Mi vocación frustrada. Como quien habla de sueños irresponsables. De quimeras que se manejan cuando el mañana sólo importa con la seguridad del que sabe que tiene toda la vida por delante para triunfar. Le sorprendió la vívida impresión que se formaba de su antiguo profesor. Era llamativa la buena conservación del recuerdo bajo el polvo de los años. Capaz de rememorar detalles nimios, le venían a la cabeza frases, situaciones, gestos característicos, circunstancias prosaicas. Le fastidió el dejo de desencanto que acompañaba la repentina reflexión. Era admirable considerar que una presencia tan intensa en el pasado –la del profesor, la de todo lo que significaba- hubiese permanecido prácticamente oculta de ese modo.

¿Por qué había acabado estudiando Derecho, si rara vez se le había pasado por la cabeza esa opción, si parecía decidido a hacer Bellas Artes? Rascaba con cierta ansiedad en la corteza de su memoria para tratar de componerse un cuadro medianamente exacto de lo que había sucedido. Precisamente el último año en el instituto, cuando se toman decisiones importantes, se rompió aquel hechizo entre ambos. Fue culpa suya.

(Continúa)

domingo, 15 de octubre de 2006

Gema

Esta mañana estuve en Fuenlabrada, una localidad del 'cinturón rojo' de la Comunidad de Madrid. Allí vive Gema, una chica a punto de estrenar los 27 que abortó en una ocasión y en la segunda le ha hecho una finta al hado, al diablo y a esa sociedad contra la que se encara y contra la que gime un "por qué" que debiera ser resentido pero es apenas un "me dais igual, yo ya he vencido y soy feliz". Porque ella decidió seguir para adelante con su segundo embarazo. Ya había reprimido su maternidad en el primero (y esto no lo digo yo, lo dice ella, y no son palabras bonitas -que lo son-, sino gruñidos emocionales que te llegan desde sus vísceras). Todo parecía de frente en el segundo. Su pareja, el padre de la criatura, estaba dispuesto. Hasta que descubrió que ser madre cambia. Que ellas se vuelven más sensibles. Necesitan un apoyo incondicional. Su primera preocupación es la criatura. Lo de salir, fumar, pasarlo bien... es una nadería al lado del "peque" y algo molesto porque las hormonas las castigan y suficiente tienen con pasar los malos ratos de arcadas, cansancio, pesadez anímica... Las discusiones se multiplicaron y algo se rompió. Ella se vio en la calle.

Cuando me encuentro con ella, llegamos ya tarde. Vengo quemado. Calcinado. Porque hemos estado hora y media para llegar allí, dando vueltas y rodeos entre Móstoles, Leganés, Getafe... en fin. De un polígono industrial a otro. Tengo apenas quince minutos porque tengo que irme a comer a otra punta de Madrid y ya voy tarde. Deja a Éder, un muñeco de dos meses grandote, grandote, en manos de su hermana, esa misma que -luego me cuenta- le dijo cuando rompió con su pareja que le pagaba el aborto y que con lágrimas en los ojos le pidió perdón tras el parto.

Al final han sido tres cuartos de hora. Sentados en un banco junto a un parque. Cara a cara. Con la compañía intermitente de Manolo, que acota. Y yo tocándole la fibra para que me cuente qué se siente, cómo es un aborto, si hay falta de apoyo o no, qué hay de esas mujeres que ya han abortado en varias ocasiones y muestran una indiferencia absoluta por la cuestión.

Y ella, desde sus ojos color alga, su melena azabache cortada con un toque macarra, un rostro que muestra los agujeros de los piercings que hoy no ha traído ("me siento desnuda sin ellos", dice), me habla con una fuerza que conmueve. Me cuenta que no hay indiferencia que valga. Que las mujeres sienten la alegría de la maternidad desde el primer momento. "Se entrenan para rechazar a su hijo en el momento de quedarse embarazadas", acota Manolo. Se revuelve contra la trabajadora social que ya de seis meses le dijo que "no estaba preparada para ser madre" y le empujó al delito. Quién eres tú, le viene a decir ahora, en un diálogo imaginario, con qué autoridad vienes tú a decirme que no estoy preparada... Y se lo dice a toda la sociedad. Pero ella buscó a alguien que le dijese lo que en el fondo de sí quería oír: que siguiera adelante. Y lo encontró. Y ahí está Éder. Y ella, feliz, con un duro camino por delante, pero quién no. Y tratando de vivir con la culpa de haber acabado con Atila. Me cuenta cómo fue el aborto. Fue sola ¡sola! (Así las estamos dejando: solas, solas ante el drama). En un verdadero acto de violencia contra la mujer. Todo frialdad. Mujeres en la sala de espera que ni se miran. Lo compara con el pediatra, adonde va ella y -cuenta- todas hablan, se cuentan los adelantos del niño, sus dolores, sus modos de hacerse hombre -mujer-.... Y el aspirador, y un silencio sepulcral que evita romper la tensión atroz que se acumula. Y salir del hospital y empezar el esfuerzo estéril de siquiera amortiguar la culpa.

Gema buscará un hombre para dar un padre a su hijo. Pero, mientras tanto, ella tiene "suficiente amor para él". Sólo vive para Éder. Qué bofetada ¿verdad? para esos hombres y esas mujeres que eliminan como sea cualquier obstáculo que les impida llenarse de sí. Para ese feminismo que lleva años tratando de arrancar del corazón de la mujer eso que es más propio suyo. Sí. Ser madre, claro que sí, progresistas del diablo. Cooperadores de la mentira. Ser madre. Biológica, espiritualmente. Lo digo con toda la boca. Y así me hago moralmente superior a vosotros. Guías ciegos. Cuántas mujeres infelices habéis modelado durante estos años. Pero ya basta. Ya nos hemos cansado. Sois ya el otoño de la Humanidad. Podéis al borde de vuestros sepulcros llamarnos reaccionarios, porque ahora el futuro está en nuestras manos. Los vástagos que no habéis tenido os condenan. Todos esos bebés que habéis mutilado, asesinado, condenado a ni tener una fosa común para sus restos, se levantarán, ya se están levantando, para clamar contra esta generación. No habrá museo del Holocausto que pueda contener la memoria de esta iniquidad colectiva.

viernes, 13 de octubre de 2006

Sin título, aún (III)

Trató de bucear más en la memoria. Hacía tiempo que había desistido de esa tarea y suponía demasiado trabajo. Para su propósito no le bastaba el primer impulso del recuerdo. Necesitaba sistematizar, como el moribundo que se prepara para una confesión general. Se daba cuenta de que en su cabeza, por ejemplo, apenas guardaba memoria de la infancia y la adolescencia. ¿Acaso no son las épocas más importantes en la formación de la personalidad? Era necesario examinarlas con interés para saber cómo había llegado hasta ahí. Su infancia, sus padres, sus hermanos... Repentinamente, le vino a la mente en una fuerte impresión aquella tarde de primavera en el parque del barrio. La tarde en la que ganó el premio de pintura.

Supo que iba a ser pintor desde entonces. Sí, estuvo cierto en ello a pesar de que la vida le llevó por otros derroteros y había dejado las inquietudes artísticas en la cuneta, tiempo atrás. Esa misma certeza había sido un brillo intermitente en su sensibilidad, en su conciencia, a lo largo de muchos años. Una convicción serena, no impetuosa, discontinua como un riachuelo subterráneo que de tramo en tramo aflora a la superficie.

Quizá si hubiese dedicado más tiempo a sus cualidades pictóricas hubiera llegado a hacer algo grande en ese mundo. Porque tenerlas, las tenía. Y eso lo sabía ya no sólo por convencimiento personal, sino por la opinión de quienes le habían alentado. Primero fueron sus padres, que quisieron dar continuidad a una emoción pasajera, e hicieron un esfuerzo para apuntarle a unas clases de pintura. Cogía el autobús dos tardes a la semana para ir hasta un sótano donde un viejo cascarrabias impartía sus lecciones a algunos chicos y chicas que, por lo general, se daban unas ínfulas verdaderamente repulsivas incluso para un chaval de su edad. Las dificultades económicas interrumpieron sus lecciones y él respiró aliviado, puesto que, aunque le gustaba la pintura, le había cogido tirria por culpa de aquella caterva de adolescentes narcisistas y su avinagrado maestro.

Aquello no bastó para acabar con su inclinación pero hizo que la dejase aparcada durante algún tiempo, apenas como una de las posibles evasiones durante los ataques de soledad propios de la adolescencia. Entre sus amigos, no había ninguno que pudiera sentir algún interés por el arte, ni que considerase sus cualidades al respecto como un elemento de prestigio, por lo que tampoco por ahí encontraría un estímulo para desarrollarlas o darlas a conocer.

Debió de ser a los dieciséis o diecisiete años cuando Diego se cruzó en su camino.

(Continúa)

miércoles, 11 de octubre de 2006

Sin título, aún (II)

La mirada sobre el pasado nunca es lineal, acaso sólo el tiempo lo es en nuestras vidas. El examen de conciencia suele ser algo más instintivo, un pasar la mano por la superficie de la memoria para tropezar con sus salientes y asperezas, aleatorios, casi fortuitos. Es cuestión de temperamentos volverse primero hacia las luces o hacia las sombras. Hay nostalgias pesimistas, a las que le gusta autocompadecerse y deleitarse saboreando el almíbar que rezuma la amargura, comenzar repasando mentalmente los sucesos más oscuros de su historia para ir hilvanándolos con algún que otro hecho amable, que por supuesto es efímero. Así y todo, para ellos el pasado siempre es más generoso. No podemos considerar que él estuviese en esa categoría, aunque tampoco en la del optimista invencible, ya lo sea por necedad o por convicción. La vida al fin y al cabo le había tratado con dureza en ocasiones, como seguramente a todos, y él lo había aceptado sin grandes aspavientos, pero eso sí, sin bajar los brazos ni entregarse. Si le hubiesen preguntado cuál era el balance, la respuesta, sin reflexionar, hubiera sido positiva.

De pronto se acordaba, más como una impresión general que como un momento o una sucesión de ellos, de la satisfacción que había experimentado con el nacimiento de cada uno de sus hijos, el sentido de la paternidad, algo más allá de lo sentimental, casi como un título social, un blasón, cierta plenitud. Era una emoción especialmente viva, más intensa en la medida que era compartida de un modo inexplicable con la que había sido hasta ese momento su compañera de viaje. (...) Con ella también había sufrido el dolor angustioso tras la grave enfermedad y muerte de un hijo.

Ella era lo que él no tenía por naturaleza. Sosiego, calma, sentido común, pragmatismo. Le había enseñado a aceptar la vida, sin sumisiones cobardes, con confianza, no adoptando una actitud resignada, pero aspirando a lo razonable, sin exigir, ni exigirse, rendimientos desmesurados que sólo caben en una imaginación excesivamente ambiciosa. A la vez, él tenía la certeza de que ella lo necesitaba, de que lo admiraba, de que se sentía segura a su lado. Protagonizaban también, claro, sus pequeñas batallas, en las que afloraban los rencores, los agravios soterrados por la tranquilidad de una vida cotidiana en la que parecía no faltar nada.

Su carrera profesional le otorgaba, además, posición, autoestima y estabilidad. Hasta la fecha, había logrado criar a sus hijos al margen de los excesos que bullían en la sociedad y la atravesaban de parte a parte. Tenía buenos amigos y no encontraba motivos para sospechar que su matrimonio pudiese sufrir alguno de los traumas que estallaban aquí y allá. Si hubo alguna época en la que su espíritu antes impetuoso había flaqueado, el tiempo le acabó enseñando que sólo en la estabilidad, en el compromiso capaz de soportar las épocas de tedio, cabe ese sosiego espiritual que llaman ser feliz.

(Continúa)

lunes, 9 de octubre de 2006

domingo, 8 de octubre de 2006

An Affair to remember

Este fin de semana he visto An Affair to Remember (Tú y yo, en español, la versión de 1950 y pico), de Leo McCarey. Hacía tiempo que quería verla. Protagonizada por Cary Grant y Deborah Kerr. Si recordáis Algo para recordar, valga la redundancia, con Meg Ryan y Tom Hanks, ésta es un homenaje a aquélla.

Vuelvo a sorprenderme de cómo una película romántica puede ser tan... buena. Acostumbrado a la bazofia que llena el género en nuestros tiempos, uno se queda perplejo ante la delicadeza en el desarrollo de la historia de amor, la gracia para contar mucho en poco, con gestos, con imágenes, la construcción de personajes amables (en el más pleno sentido de la palabra), los inteligentes diálogos, la falta de obviedad... Se ve que algo ha empeorado en las relaciones humanas desde entonces y eso también se refleja en el cine.

Os la recomiendo vivamente. Espero poder hacer en los próximos días una reseña para Cine 100%, y también un homenaje a Audrey, ya que estos días el ABC vende una serie de películas de la diva (qué palabra más gazmoña y manida para hablar de la criatura). Ya Prada se me adelantó hace un par de semanas, pero bueno. Pero confieso que mi 'devoción' por Audrey es previa a conocer la de JMP.