jueves, 7 de diciembre de 2006

Fernando

Da pudor hablar –escribir- de Fernando, del sufrimiento del que me acaba de hacer partícipe; uno no se cree con el derecho de aparentar que sufre más que él mismo. Le gusta parafrasear a Anna Karenina y decir que todo el mundo tiene sus skeleton en el alma; que objetivamente no cree estar en peor posición que cualquier otro. Quizá sea cierto.

Le recuerdo con sus trece años, liderando el grupo de amigos, como sin buscarlo, con su ingenio para hacer reír, una inteligencia rápida y aguda, y su facilidad para los deportes. Era bueno en todos los sentidos, aunque quizá a esa edad a uno le sale de modo natural cuando tiene tal racimo de talentos. Con quince o dieciséis años nos perdimos mutuamente la pista, cuando él comenzaba a perder la fe.

Ayer volvimos a vernos. Han pasado diez años. Puede que no sea nada en el conjunto de la vida, pero en esa década puede decidirse una vida. Como la suya.

Cuando empezó la carrera de Filosofía ya había abandonado completamente la práctica religiosa que había configurado su infancia y primera adolescencia. No era un ateísmo beligerante, pero sí orgulloso de sí mismo. Flirteó con diferentes filosofías, un poco a lo san Agustín pero en superficial, aunque –como suele pasar hoy en día- su filosofía acabó siendo fundamentalmente su manera de vivir, marcada especialmente por un vertiginoso tráfago afectivo que –cuenta- fue acorchando su sensibilidad. Su atractivo es innegable, siempre lo fue. Pero mientras el ego se le llenaba de la admiración de quienes le rodeaban e iba fagocitando su afecto, más podrido se veía, menos coherente le parecía todo su chiringuito intelectual. Y de tonto no tiene ni un pelo.

Volvió a la fe por un cúmulo de motivos. La muerte de su madre, que por temperamento podía haberle alejado más de Dios, resquebrajó su descreimiento. Como pasa en muchos casos, terminó volviendo al redil por una chica, la que hoy es su mujer. Resumiendo, se casaron hace año y medio. Me cuenta que dos días después de casarse tuvo el sentimiento horrendo de que se había equivocado, y en esa angustia pasó los tres primeros meses de su matrimonio. El apoyo de ella fue, según él mismo cuenta, inequívoco y esencial. No hubo dudas por su parte y se portó “como una campeona”.

Tras esa noche oscura, la luz. Los meses más felices de su vida. Hasta que unas pruebas médicas diagnostican la imposibilidad de que pueda quedar embarazada, hace seis meses. Ahora, ella está sumida en una depresión y es él quien tira del carro. Y sólo quien le oye deslizar entre broma y broma un comentario velado acerca de sus ansias de ser padre puede entender lo que habrá supuesto también para él la infecundidad. A eso se añade algún otro problema familiar con algún hermano, que tras la muerte de su madre perdió el norte. Le pregunto si no le ha pasado por la cabeza el tirar la toalla. Y no se escandaliza ni responde con prisas ni frases hechas. Me sonríe y me suelta para personal escalofrío:

-Uno es tan burro que se le pasa, claro que se le pasa. Así somos. Pero ella compró mi lealtad con su amor durante aquellos tres meses infernales. Y al final siempre me puede el temor, cuando miro las cosas con frialdad, de que hay tantos motivos en mi vida para dar gracias, que si no fuese capaz de ver la botella medio llena, merecería ser infeliz.

1 comentario:

batiscafo dijo...

Ayer me topé con una cita de "Ortodoxia" que seguro que tú recuerdas muy bien y que a tu amigo le puede gustar porque ilustra su actitud optimista ante los contratiempos:

“El mundo no es una casa de alquiler en el barrio de Brighton que, por sus muchos inconvenientes, estemos deseosos de abandonar. No: el mundo es la fortaleza de nuestra familia, con su pabellón ondeando en la torre; y mientras mayores sean sus inconvenientes, menos la hemos de abandonar. No se trata de si el mundo es demasiado insípido para inspirar amor o demasiado alegre para no inspirarlo. Se trata de que, cuando amamos una cosa, su alegría es una razón para amarla, y su tristeza es una razón para amarla más”.