jueves, 2 de noviembre de 2006

Todos los Santos

Camino de Misa, un sol inesperado en Primero de Noviembre me vino arrullando el ánimo. Mientras rumiaba loas a Dios por ese pequeño regalo de fiesta (¡tanto y tan poco! Un atasco me puede sacar de mis casillas y un rayo de sol resucitarme), me di de bruces con una valla publicitaria, fea, hortera, que me supo a gloria. Se trataba de la cabeza de una imagen de la Virgen, con un fondo marrón y un mensaje en letras nada de diseño: "Si supieras cuanto te amo... llorarías de alegría". No sé qué anuncia -ni si anuncia algo-, quizá la Novena de la Inmaculada. No lo sé. Pero fue un pequeño gozo.

Después estuve en "los ciegos" de Pacífico, dando conversación a una pobre señora que cada rato me rogaba que "por favor, me marchase", la pobre estaba tocada, a un anciano que tenía mirada de inteligencia (o de despiste universal, los extremos se tocan), sonrisa beatífica y recuerdos vagos, y a otra señora apenadísima porque sus hijos la hubiesen mandado allí.

Purificado por esa pequeña dosis de limitación y dolor humanos, me di un baño de vallecanía. Más de media hora -casi una hora, diría hoy- tardó en llegar el 58, tiempo para oler, ver y oír la vida que todavía bulle en las calles que circundan Puente de Vallecas. Resulta delicioso para alguien que siente suya la humanidad de este humilde rincón de Madrid cruzarlo de parte a parte a través de su espina dorsal, la Avenida de la Albufera, aunque sea observándolo del otro lado del cristal del autobús, con el espíritu y la mirada engolosinada del niño que aplasta la nariz en el escaparate de la pastelería. Y más impresionante es acabar el viaje pasando junto al cementerio de Pueblo de Vallecas, adonde peregrinaban, sobre todo mujeres, con sus galas y sus flores, para rendir homenaje a los difuntos y enviarles un poco de cariño a la otra vida. Quién sabe si un clavel, una rosa o una margarita no redimirán minutos, horas o días de pena en el purgatorio.

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