jueves, 9 de noviembre de 2006

Sin título (VII)

Un vértigo se le escurrió hacia la garganta al rozar apenas con la memoria aquellos años de inconsciente alegría y comprender que ya sólo era un espectador de sí mismo. ¿Dónde se había quedado todo aquello? ¿Es que acaso no era feliz? No se trataba de eso. Algo empañaba el cristal de su alma y lo estremecía al observar el pasado bajo esta luz desconocida.

Cuánta satisfacción compartieron. Y curioso. Curioso cómo incluso la mayor felicidad humana se expone a la amenaza de derrumbamiento. Y casi sin percibir cómo.

Llegó un momento en que él dudó de los más profundos motivos del amor que ella le profesaba. ¿Le quería por sí o por sus talentos? Justificar el enfriamiento de su relación en esa duda fue más bien desleal, y lo curioso es que ella no se lo echó en cara.

-Vamos, cariño, ¿es que no sabes la respuesta? ¿Acaso puedes dividirte entre lo que tú eres y tus talentos? Yo te quiero a ti, todo, todito, todo...

Siempre esa agudeza para filosofar que le ponía tan nervioso y le hacía sentirse tan inferior, y siempre compaginada con la picardía, con la sencillez que le desarmaba y le hacía sentirse mal ante su acostumbramiento, ante su tibieza en el amor, ante la desproporción entre la entrega al otro de cada cual.

¿Había sido el miedo? ¿Temor ante una vida de inseguridades junto a aquel ciclón imprevisible? Visto con la perspectiva del tiempo, era fácil vislumbrar algo de eso.

Lo de irse al extranjero a hacer aquel máster tuvo un poco de huida de ella y un poco de huida de la vocación artística, si es que cabía distinción. Recordar la última conversación que mantuvieron, en la mesa de un restaurante japonés, era adentrarse en un territorio inhóspito para él. Duró mucho. ¿Toda una noche? Ella trató de convencerle de que no debía irse, por ella, pero sobre todo por él. Seguramente se dio cuenta de algo de lo que ni él mismo era consciente, porque quizá no se hubiese atrevido a marchar entonces. Lo que él se disponía a hacer era tomar cualquier tren hacia alguna parte, pero siempre en dirección contraria. Cuando llegase a la siguiente estación ya estaría demasiado lejos de todo como para desandar el camino. ¿Qué camino?, le dijo él. La respuesta de Carolina con los ojos al borde del naufragio fue decirle que ella no sabía hacer malabarismos. ¿Para qué?, él no entendía nada, no sabía nada de la vida. Para jugar con los tres sombreros de copa; y luego se echó a llorar ante su absoluta incomprensión. Como contrapunto, le dijo entre el llanto y la risa que se haría monja como su hermana, que como ella decía en el amor a Dios el único que puede fallar es uno mismo. Él le dijo que era una exagerada, que no fuese tan dramática. Incluso le molestó la convicción de que aquel numerito buscaba moverle a compasión para evitar lo que ya había decidido.

Efectivamente, se fue, y efectivamente su relación murió poco tiempo después. Seguramente fue ella quien tomó la iniciativa. No por eso dejó de pintar, e incluso a la vuelta llegó a exponer en una de las salas de la capital, lo cual le animó temporalmente a dedicar más tiempo. Pero la presión de unos amigos que nunca habían entendido su idealismo, el paso de los años y una oferta jugosa en el campo de la empresa, le hicieron desistir momentáneamente de aquella convicción infantil, que no dejó de tener, por supuesto, engañándose con lo coyuntural del abandono durante el tiempo suficiente para que el peso de los hechos ahogase cualquier intento de protesta por parte de su conciencia. Hay que vivir.

(Continúa)

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