sábado, 4 de noviembre de 2006

Otoño

Poniendo orden en mis papeles y rebuscando, me encontré el otro día con una poesía que escribí hace dos otoños. Creo que es la última salida de mi mano que merece tal nombre. Mira que me parece mala.

Cae el otoño en mi cuerpo y mi alma
como las gotas de lluvia monótona
llenan las calles de música sorda
y hacen del cielo opresión y amenaza.

Oye su átona voz difumada.
Mórbida, gris, susurrante, inodora.
"Deja tu gozo y olvida la euforia:
yo soy la noche que nunca se acaba".

¡Conozco tus trampas, otoño huraño!
Recuerdo la virulencia con que
dijiste lo mismo el pasado año.

Mil otoños que me sobrevinieran,
mientras el corazón mantenga fiel
no serían sino mil primaveras.

[Por contra, ayer tuve la suerte de estar en una cena-coloquio con Jesús Álvarez y su hermana Bárbara. Jesús, el periodista, el presentador de deportes de toda la vida (ella también es periodista). Fue como si uno de los iconos adolescentes saliese de la pantalla (estilo The Ring), se hiciese carne y pudiéramos estrecharle la mano, sonreírle con mirada cómplice, y también hacerle algunas preguntas para que le diga a uno al término: "has estado incisivo, ¿eh?". Fue una noche grata, con buena comida, buen vino y buena compañía].

1 comentario:

Terzio dijo...

.

Sí que es malo el verso "otoñero".

Frivolizar en compañías tales...y contarlo, tampoco es bueno.

Encajar la impertinencia, sí: Esto si es bueno.

Afectuosamente y cordialmente, tu impertinente impenitente:

+T.