martes, 17 de octubre de 2006

Sin título, aún (V)

La emoción que acompaña al descubrimiento de la propia riqueza interior, del don, se manifiesta en un primer impulso entusiástico. Sin embargo, el empuje va perdiendo fuerza progresivamente, y acaba recibiendo el ataque de los enemigos. En esas edades, los mayores peligros proceden del temor a la singularidad. El pavor que siente quien ha sido apartado de entre sus iguales para una tarea, vértigo porque aunque la misión es elevada supone distanciarse de la masa, ser diferente. Y surge intempestiva la tentación de que la vida, la verdadera vida, la que disfruta entre carcajadas el común de los semejantes, se escapa. La predilección divina se convierte en castigo.

Los lienzos quedaron apilados bajo una manta de inconsciencia y Diego desapareció para siempre.

(Continúa)

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