lunes, 16 de octubre de 2006

Sin título, aún (IV)

Recordaba al profesor de Historia como un hombre en la cuarentena –le pareció viejo cuando lo conoció-, gris, apagado, indolente. En efecto, por muchos motivos que no viene al caso explicar, la abulia de aquel hombre se había convertido en desesperanza, y ésta estaba a un paso de hacerse crónica. El encuentro entre ambos significó una redención para aquel profesor machacado por el devenir de los años y la acumulación de fracasos. Para el alumno, representó el verdadero descubrimiento de lo que podía significar su don, una manera de modelar las ansias de devorar el mundo que le bullían en la recién estrenada juventud. Diego quiso ser un maestro en el genuino sentido de la palabra, dispuesto a gastar sus energías en insuflar aliento artístico a aquella vocación incipiente hasta que cobrase vida propia.

Lo que son las cosas. ¿Dónde estaba aquel fuego hoy, aquella erupción de vida? ¿Era su vocación frustrada? Con qué liviandad, al menos aparente, suele uno escucharlo. Mi vocación frustrada. Como quien habla de sueños irresponsables. De quimeras que se manejan cuando el mañana sólo importa con la seguridad del que sabe que tiene toda la vida por delante para triunfar. Le sorprendió la vívida impresión que se formaba de su antiguo profesor. Era llamativa la buena conservación del recuerdo bajo el polvo de los años. Capaz de rememorar detalles nimios, le venían a la cabeza frases, situaciones, gestos característicos, circunstancias prosaicas. Le fastidió el dejo de desencanto que acompañaba la repentina reflexión. Era admirable considerar que una presencia tan intensa en el pasado –la del profesor, la de todo lo que significaba- hubiese permanecido prácticamente oculta de ese modo.

¿Por qué había acabado estudiando Derecho, si rara vez se le había pasado por la cabeza esa opción, si parecía decidido a hacer Bellas Artes? Rascaba con cierta ansiedad en la corteza de su memoria para tratar de componerse un cuadro medianamente exacto de lo que había sucedido. Precisamente el último año en el instituto, cuando se toman decisiones importantes, se rompió aquel hechizo entre ambos. Fue culpa suya.

(Continúa)

4 comentarios:

Terzio dijo...

¿Un Pigmalyón frustrado?

Me gustan los mentores...

Claro que de artista en ciernes a estudiante de derecho...Pués así está el mozo de chafado!

...O no?

T.

Agus dijo...

Cuando termine de transcribir el relato, quizá explique por qué es un manifiesto personal. Mi respuesta a los que dudan de mí. (Incluso a mí mismo).

Terzio dijo...

No expliques nada: N-A-D-A!!!

Los relatos que los expliquen los comentadores/críticos, pero los autores, jamás!

Si lo hacen, suelen dar una pésima impresión.

Por lo menos, a mí...


T.

Agus dijo...

Tan desapasionado. Siempre.

Je, je.