viernes, 13 de octubre de 2006

Sin título, aún (III)

Trató de bucear más en la memoria. Hacía tiempo que había desistido de esa tarea y suponía demasiado trabajo. Para su propósito no le bastaba el primer impulso del recuerdo. Necesitaba sistematizar, como el moribundo que se prepara para una confesión general. Se daba cuenta de que en su cabeza, por ejemplo, apenas guardaba memoria de la infancia y la adolescencia. ¿Acaso no son las épocas más importantes en la formación de la personalidad? Era necesario examinarlas con interés para saber cómo había llegado hasta ahí. Su infancia, sus padres, sus hermanos... Repentinamente, le vino a la mente en una fuerte impresión aquella tarde de primavera en el parque del barrio. La tarde en la que ganó el premio de pintura.

Supo que iba a ser pintor desde entonces. Sí, estuvo cierto en ello a pesar de que la vida le llevó por otros derroteros y había dejado las inquietudes artísticas en la cuneta, tiempo atrás. Esa misma certeza había sido un brillo intermitente en su sensibilidad, en su conciencia, a lo largo de muchos años. Una convicción serena, no impetuosa, discontinua como un riachuelo subterráneo que de tramo en tramo aflora a la superficie.

Quizá si hubiese dedicado más tiempo a sus cualidades pictóricas hubiera llegado a hacer algo grande en ese mundo. Porque tenerlas, las tenía. Y eso lo sabía ya no sólo por convencimiento personal, sino por la opinión de quienes le habían alentado. Primero fueron sus padres, que quisieron dar continuidad a una emoción pasajera, e hicieron un esfuerzo para apuntarle a unas clases de pintura. Cogía el autobús dos tardes a la semana para ir hasta un sótano donde un viejo cascarrabias impartía sus lecciones a algunos chicos y chicas que, por lo general, se daban unas ínfulas verdaderamente repulsivas incluso para un chaval de su edad. Las dificultades económicas interrumpieron sus lecciones y él respiró aliviado, puesto que, aunque le gustaba la pintura, le había cogido tirria por culpa de aquella caterva de adolescentes narcisistas y su avinagrado maestro.

Aquello no bastó para acabar con su inclinación pero hizo que la dejase aparcada durante algún tiempo, apenas como una de las posibles evasiones durante los ataques de soledad propios de la adolescencia. Entre sus amigos, no había ninguno que pudiera sentir algún interés por el arte, ni que considerase sus cualidades al respecto como un elemento de prestigio, por lo que tampoco por ahí encontraría un estímulo para desarrollarlas o darlas a conocer.

Debió de ser a los dieciséis o diecisiete años cuando Diego se cruzó en su camino.

(Continúa)

3 comentarios:

Terzio dijo...

Vaya!

No me cuentes que se enamoró de Diego, y quedaron novios...etc.

¿O acaso fué el comienzo de una bad influence?


¿Drogas, alcohol, orgías...?

¿Activismo político,tribus urbanas, clandestinidad under-ground?

O, por ventura, un mentor, un gurú, un magister spiritus...???

Un "demian", quizá?...

A ver: A ver en qué deriva lo del Diego ese...


T.

Francis dijo...

Sí, "Demian" Rodríguez, como dirían los de la Hora Chanante...

Agus dijo...

Terzio, no vas descaminado...