miércoles, 11 de octubre de 2006

Sin título, aún (II)

La mirada sobre el pasado nunca es lineal, acaso sólo el tiempo lo es en nuestras vidas. El examen de conciencia suele ser algo más instintivo, un pasar la mano por la superficie de la memoria para tropezar con sus salientes y asperezas, aleatorios, casi fortuitos. Es cuestión de temperamentos volverse primero hacia las luces o hacia las sombras. Hay nostalgias pesimistas, a las que le gusta autocompadecerse y deleitarse saboreando el almíbar que rezuma la amargura, comenzar repasando mentalmente los sucesos más oscuros de su historia para ir hilvanándolos con algún que otro hecho amable, que por supuesto es efímero. Así y todo, para ellos el pasado siempre es más generoso. No podemos considerar que él estuviese en esa categoría, aunque tampoco en la del optimista invencible, ya lo sea por necedad o por convicción. La vida al fin y al cabo le había tratado con dureza en ocasiones, como seguramente a todos, y él lo había aceptado sin grandes aspavientos, pero eso sí, sin bajar los brazos ni entregarse. Si le hubiesen preguntado cuál era el balance, la respuesta, sin reflexionar, hubiera sido positiva.

De pronto se acordaba, más como una impresión general que como un momento o una sucesión de ellos, de la satisfacción que había experimentado con el nacimiento de cada uno de sus hijos, el sentido de la paternidad, algo más allá de lo sentimental, casi como un título social, un blasón, cierta plenitud. Era una emoción especialmente viva, más intensa en la medida que era compartida de un modo inexplicable con la que había sido hasta ese momento su compañera de viaje. (...) Con ella también había sufrido el dolor angustioso tras la grave enfermedad y muerte de un hijo.

Ella era lo que él no tenía por naturaleza. Sosiego, calma, sentido común, pragmatismo. Le había enseñado a aceptar la vida, sin sumisiones cobardes, con confianza, no adoptando una actitud resignada, pero aspirando a lo razonable, sin exigir, ni exigirse, rendimientos desmesurados que sólo caben en una imaginación excesivamente ambiciosa. A la vez, él tenía la certeza de que ella lo necesitaba, de que lo admiraba, de que se sentía segura a su lado. Protagonizaban también, claro, sus pequeñas batallas, en las que afloraban los rencores, los agravios soterrados por la tranquilidad de una vida cotidiana en la que parecía no faltar nada.

Su carrera profesional le otorgaba, además, posición, autoestima y estabilidad. Hasta la fecha, había logrado criar a sus hijos al margen de los excesos que bullían en la sociedad y la atravesaban de parte a parte. Tenía buenos amigos y no encontraba motivos para sospechar que su matrimonio pudiese sufrir alguno de los traumas que estallaban aquí y allá. Si hubo alguna época en la que su espíritu antes impetuoso había flaqueado, el tiempo le acabó enseñando que sólo en la estabilidad, en el compromiso capaz de soportar las épocas de tedio, cabe ese sosiego espiritual que llaman ser feliz.

(Continúa)

5 comentarios:

Terzio dijo...

Eso último me recuerda unos versos de Leopoldo Panero que dicen:

"...esta noble tristeza que llaman alegría..."


Aparte de esto, no sé qué decirte.


¿Quieres que te diga algo?


+T.

Agus dijo...

Ja, ja, pero qué elemento. Claro que quiero que digas algo. Tus palabras siempre son bienvenidas.

Terzio dijo...

¿Elemento?!!!

Hmm...

Yo, por lo menos, digo "pagano", que califica sin descalificar.

Pero "elemento"...

Bièn. Supongo - quiero suponer - que se refiere a cualquiera de los Cuatro Elementos del Universo: Aire, Fuego, Agua, Tierra. ¿No?

Así lo espera este ya airoso, ya fogoso, poco acuoso y todavía terreno "elemento".


+T.

Agus dijo...

Pues claro, je, je.

Francis dijo...

Me dejas bocas...

Es bueno de narices.