lunes, 30 de octubre de 2006

Lo que hay... y fumarse un puro

104. En este contexto se abre el justo espacio a la misericordia de Dios por el pecador que se convierte, y a la comprensión por la debilidad humana. Esta comprensión jamás significa comprometer y falsificar la medida del bien y del mal para adaptarla a las circunstancias. Mientras es humano que el hombre, habiendo pecado, reconozca su debilidad y pida misericordia por las propias culpas, en cambio es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se puede sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Semejante actitud corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor.

(...)

105. Se pide a todos gran vigilancia para no dejarse contagiar por la actitud farisaica, que pretende eliminar la conciencia del propio límite y del propio pecado, y que hoy se manifiesta particularmente con el intento de adaptar la norma moral a las propias capacidades y a los propios intereses, e incluso con el rechazo del concepto mismo de norma. Al contrario, aceptar la desproporción entre ley y capacidad humana, o sea, la capacidad de las solas fuerzas morales del hombre dejado a sí mismo, suscita el deseo de la gracia y predispone a recibirla. «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?», se pregunta san Pablo. Y con una confesión gozosa y agradecida responde: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rm 7, 24-25)"

Lo dijo -lo dice- Juan Pablo II en la Veritatis splendor. (Suyas son las cursivas.) Qué seguridad esa conciencia de la desproporción ante el estiercol diario que uno es capaz de producir.

Y eso me recuerda otra cita, esta vez de Chesterton:

El sacramento de la Penitencia concede vida nueva y reconcilia al hombre con todo cuanto vive, pero no lo hace como suelen hacerlo los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don se concede mediante un precio y está condicionado por una confesión. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también se puede llamar Realidad; pero se trata de afrontar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso se aplica sólo a los demás se llama Realismo”

Afrontar la realidad, partiendo de la premisa de la desproporción entre ley y capacidad humana. Difícil tarea de liberación. Con la que sueño. Hacia la que camino.

2 comentarios:

Terzio dijo...

¿Cómo puedo poner un retrato de G. K. Chesterton?

Dímelo, que me gusta ilustrar mis intervenciones/ impertinencias.

+T.

Agus dijo...

Pues la verdad es que no sé cómo se puede hacer en los comentarios. Si quieres, pásamela y la cuelgo.