domingo, 15 de octubre de 2006

Gema

Esta mañana estuve en Fuenlabrada, una localidad del 'cinturón rojo' de la Comunidad de Madrid. Allí vive Gema, una chica a punto de estrenar los 27 que abortó en una ocasión y en la segunda le ha hecho una finta al hado, al diablo y a esa sociedad contra la que se encara y contra la que gime un "por qué" que debiera ser resentido pero es apenas un "me dais igual, yo ya he vencido y soy feliz". Porque ella decidió seguir para adelante con su segundo embarazo. Ya había reprimido su maternidad en el primero (y esto no lo digo yo, lo dice ella, y no son palabras bonitas -que lo son-, sino gruñidos emocionales que te llegan desde sus vísceras). Todo parecía de frente en el segundo. Su pareja, el padre de la criatura, estaba dispuesto. Hasta que descubrió que ser madre cambia. Que ellas se vuelven más sensibles. Necesitan un apoyo incondicional. Su primera preocupación es la criatura. Lo de salir, fumar, pasarlo bien... es una nadería al lado del "peque" y algo molesto porque las hormonas las castigan y suficiente tienen con pasar los malos ratos de arcadas, cansancio, pesadez anímica... Las discusiones se multiplicaron y algo se rompió. Ella se vio en la calle.

Cuando me encuentro con ella, llegamos ya tarde. Vengo quemado. Calcinado. Porque hemos estado hora y media para llegar allí, dando vueltas y rodeos entre Móstoles, Leganés, Getafe... en fin. De un polígono industrial a otro. Tengo apenas quince minutos porque tengo que irme a comer a otra punta de Madrid y ya voy tarde. Deja a Éder, un muñeco de dos meses grandote, grandote, en manos de su hermana, esa misma que -luego me cuenta- le dijo cuando rompió con su pareja que le pagaba el aborto y que con lágrimas en los ojos le pidió perdón tras el parto.

Al final han sido tres cuartos de hora. Sentados en un banco junto a un parque. Cara a cara. Con la compañía intermitente de Manolo, que acota. Y yo tocándole la fibra para que me cuente qué se siente, cómo es un aborto, si hay falta de apoyo o no, qué hay de esas mujeres que ya han abortado en varias ocasiones y muestran una indiferencia absoluta por la cuestión.

Y ella, desde sus ojos color alga, su melena azabache cortada con un toque macarra, un rostro que muestra los agujeros de los piercings que hoy no ha traído ("me siento desnuda sin ellos", dice), me habla con una fuerza que conmueve. Me cuenta que no hay indiferencia que valga. Que las mujeres sienten la alegría de la maternidad desde el primer momento. "Se entrenan para rechazar a su hijo en el momento de quedarse embarazadas", acota Manolo. Se revuelve contra la trabajadora social que ya de seis meses le dijo que "no estaba preparada para ser madre" y le empujó al delito. Quién eres tú, le viene a decir ahora, en un diálogo imaginario, con qué autoridad vienes tú a decirme que no estoy preparada... Y se lo dice a toda la sociedad. Pero ella buscó a alguien que le dijese lo que en el fondo de sí quería oír: que siguiera adelante. Y lo encontró. Y ahí está Éder. Y ella, feliz, con un duro camino por delante, pero quién no. Y tratando de vivir con la culpa de haber acabado con Atila. Me cuenta cómo fue el aborto. Fue sola ¡sola! (Así las estamos dejando: solas, solas ante el drama). En un verdadero acto de violencia contra la mujer. Todo frialdad. Mujeres en la sala de espera que ni se miran. Lo compara con el pediatra, adonde va ella y -cuenta- todas hablan, se cuentan los adelantos del niño, sus dolores, sus modos de hacerse hombre -mujer-.... Y el aspirador, y un silencio sepulcral que evita romper la tensión atroz que se acumula. Y salir del hospital y empezar el esfuerzo estéril de siquiera amortiguar la culpa.

Gema buscará un hombre para dar un padre a su hijo. Pero, mientras tanto, ella tiene "suficiente amor para él". Sólo vive para Éder. Qué bofetada ¿verdad? para esos hombres y esas mujeres que eliminan como sea cualquier obstáculo que les impida llenarse de sí. Para ese feminismo que lleva años tratando de arrancar del corazón de la mujer eso que es más propio suyo. Sí. Ser madre, claro que sí, progresistas del diablo. Cooperadores de la mentira. Ser madre. Biológica, espiritualmente. Lo digo con toda la boca. Y así me hago moralmente superior a vosotros. Guías ciegos. Cuántas mujeres infelices habéis modelado durante estos años. Pero ya basta. Ya nos hemos cansado. Sois ya el otoño de la Humanidad. Podéis al borde de vuestros sepulcros llamarnos reaccionarios, porque ahora el futuro está en nuestras manos. Los vástagos que no habéis tenido os condenan. Todos esos bebés que habéis mutilado, asesinado, condenado a ni tener una fosa común para sus restos, se levantarán, ya se están levantando, para clamar contra esta generación. No habrá museo del Holocausto que pueda contener la memoria de esta iniquidad colectiva.

2 comentarios:

batiscafo dijo...

Muy bueno Agus! Desgarrador como el propio aborto de que habla. Primero se me clavó el "y la empujó al delito". Después, "cooperadores de la mentira" (qué acertada expresión) y después se me vino encima el final, como un alud, tremendo y luminoso.

Chesterton dijo...

¡¡¡Impresionante!!! Te he agregado a mi blog, no puedo dejar que tus testimonios pasen de largo. Me devuelves un poco de esperanza. Mil gracias y no lo dejes, por favor.
Un saludo: Carmen