sábado, 30 de agosto de 2014

Hoy no duerme nadie


-¡Son las 7 de la mañana. Hoy no duerme nadie si el esquizofrénico del barrio no quiere! ¡Me cago en mis muertos...!

Ha sido esta noche una de las pocas de verdadero calor del verano que ya muere. El verano de Madrid es un verano de luna, mosquitos, discusiones y borracheras colándose por la ventana abierta y este año el clima se ha portado con finura. Lo agradecemos especialmente en las tres o cuatro calles de la Colonia del Pico del Pañuelo, en Legazpi, un minilaberinto de espíritu caribeño y tertulia gritona a altas horas.

Tiene gracia, sin embargo, que haya sido la dureza del castellano encabronado -valga la redundancia, diría alguno de los dominicanos del barrio- la que ha arramblado temprano con el sueño del vecindario.

Aniquilada la voluntad por la duermevela, apenas he tenido fuerzas y memoria para apuntar la frase de arriba antes de volver a hincar la cabeza en la almohada, húmeda de sudor. La frase no hace justicia a la escena porque el discurso, más elaborado, incluso con voz de actor, era tan perfecto que sonaba a guion o a sueño. Mi vida imitando a la ficción una vez más.

Mientras se alejaban sus gritos como lo hacía el chiflo del afilador en aquellos otros sábados, los de mi infancia en Moratalaz, he sentido pena por él. Su voz tenía entre 25 y 38 años. Cuántas veces no habré deseado yo gritar contra el mundo, volviendo a casa después de noches huecas. De qué clase de derrota interior regresaría él. Cuánto se estaría odiando para odiar así al resto del mundo. A sus muertos.

-¡Son las 7 de la mañana. Hoy no duerme nadie si el esquizofrénico del barrio no quiere. Me cago en mis muertos...!

He mirado el reloj. Eran las 8.17.

domingo, 29 de junio de 2014

'Amour' sin alambiques

Hoy he estado en un tanatorio y me he acordado de Haneke, de ciertos dramas de laboratorio suyos.

Ha muerto la hermana de mi cuñada. Nacida con daños cerebrales y diagnosticada años después con una enfermedad degenerativa que, a pesar del esfuerzo y el cariño que su madre empleó por mantenerla en la mejor forma posible, la postraron en una silla de ruedas. No articulaba palabra comprensible y difícilmente sus miembros. Hablo un poco a la ligera, me faltan datos: la enfermedad concreta, el proceso de degradación. No es de lo que quiero hablar.

Cuando nos encontrábamos, poco, en los bautizos y cumpleaños de nuestros sobrinos comunes, la recuerdo babeando y sonriente y cariñosa.

Ayer se ahogó. Sola. Mientras dormía la siesta. 22 años.

Hoy, Conchi, su madre me dice, mientras la aprieto entre mis brazos y la beso y la acaricio, dándole lo único que puedo darle en estos momentos, mi carnalidad, que es apenas nada, me dice que no sabe qué va a hacer a partir de ahora, que ella y su marido vivían -resumiendo- para ella.

Me tranquiliza. No. Me conmueve que haya quien a mi nihilismo rampante oponga esa forma de loca entrega, que sufre porque ya no podrá llevar lo que otros llamarían, llamamos, carga.

Y me acuerdo de Haneke.

Eso sí que es Amour.

Máximas rurales en Turienzo

[En el minibus que baja a Bembibre]

UNA: Fulanita anda coja...
OTRA: Será de gordura.
UNA: Sí, come bien...
TERCERA: Bueno, se engorda aun no comiendo mucho.
SPECIAL GUEST: No, no, esta trilla, trilla...

* * *

"El del bigote es el primer culpable: si se le posan las moscas en el hombro y todo." [Tras el partido España-Chile, sobre Del Bosque]

* * *

"Vive mejor que el presidente del Gobierno." [Sobre un perro]

* * *

"(...) El Facebook lo tengo como Saturnino Pallero. Lo tengo con el wifi... (...)" [Un señor de unos cincuentaymuchos a la puerta del bar. Intrigado me quedé]

* * *

[Felipe VI discurseando en la tele de un bar de Bembibre. Un grupo de jubilados que pasa del tema]

"Había uno que se llamaba Pepe Goteras y Otilio. Se lo compraba para el chaval pero me los leía yo."

sábado, 28 de junio de 2014

Periodismo, contextualizando desde 1914

"En París, la noticia procedente de Sarajevo se vio desplazada de las primeras páginas de los periódicos por un escándalo de proporciones memorables. El 16 de marzo de 1914, madame Cailloux, esposa del ex primer ministro Joseph Cailloux, había entrado en el despacho de Gaston Calmette, director del diario Le Figaro, y le había disparado seis tiros. El motivo del asesinato era la campaña que el periódico había realizado contra su esposo, durante la cual Calmette había publicado las cartas de amor que ella le había escrito a Joseph Caillaux mientras seguía casado con su primera esposa. El juicio debía comenzar el 20 de julio, y el interés del público por aquella historia, que combinaba un escándalo sexual y un crimen pasional cometido por una mujer muy conspicua en la vida pública francesa era enorme, como es natural. En una fecha tan tardía como el 29 de julio, el prestigioso diario Le Temps dedicaba el doble de espacio en sus páginas a la absolución de madame Caillaux (basada en que la ofensa que contra su honor justificaba el crimen) que a la crisis que se estaba fraguando en Europa Central. En la medida que la prensa de París sí prestó a la noticia de Sarajevo, la actitud predominante fue que Viena no tenía derecho a acusar al Gobierno serbio de complicidad en los asesinatos -todo lo contrario, los periódicos franceses culpaban a la prensa de Viena por azuzar el sentimiento anti-serbio" (Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Christopher Clark, trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera, Galaxia Gutemberg, 2014)
Para cuando nos pongamos salvapatrias con que el periodismo es la última cocacola del desierto. Y yo lo entiendo: a mí también me interesaría más la Cailloux, seguramente.

viernes, 27 de junio de 2014

Gavrilo Princip et al.

"Todos los hombres elegidos para llevar a cabo el asesinato del archiduque se habían formado en el mundo de las redes irredentistas. El antiguo comitatji Voja Tankosic fue quien reclutó a los tres jóvenes serbobosnios que formaron el núcleo de la unidad que enviaría a Sarajevo para llevar a cabo el asesinato. Trifko Grabez, Nedeljko Cabrinovic y Gavrilo Princip tenían los tres diecinueve años cuando Tankosic los integró en la conspiración. Eran buenos amigos que pasaban mucho tiempo en mutua compañía. Grabez era hijo de un sacerdote ortodoxo de Pale, unos 20 km  al este de Sarajevo, que había viajado a Sarajevo para continuar sus estudios de bachillerato. Cabrinovic había abandonado la escuela a los catorce años y posteriormente llegó a Belgrado, donde encontró trabajo de tipógrafo en una empresa especializada en literatura anarquista. Al igual que Grabez, Princip había dejado Sarajevo para acudir a la escuela en Belgrado. Los tres procedían de familias pobres y hogares desgraciados. En sus primeros años de vida, Grabez y Cabrinovic habían sufrido las figuras de auotridad masculinas y se habían rebelado contra ellas. Durante su juicio, Cabrinovic contó al jurado que su padre le había maltratado porque apenas progresaba en su escuela de Sarajevo; al final el chico fue expulsado por abofetear a uno de sus maestros. Las tensiones en casa se agravaron por el hecho de que Cabrinovic padre trabajaba como confidente de la policía para los odiados austriacos, un estigma del que el chico pensaba desprenderse por medio de su compromiso con la causa nacional. También Grabez fue expulsado de su instituto de Tuzla por dar un puñetazo a uno de sus profesores. El dinero escaseaba; sólo Princip tenía unos ingresos regulares consistentes en una asignación paterna muy modesta que normalmente distribuía entre los amigos o prestaba a conocidos suyos indigentes. Cabrinovic recordó después que a su llegada a Belgrado llevaba siempre consigo todas sus pertenencias en una maleta pequeña, se supone que porque no tenía dónde quedarse. Princip en particular era delgado y enfermizo; probablemente ya estaba tuberculoso. El protocolo de su juicio le describe como "un joven bajo y débil". 
Estos chicos apenas tenían malos hábitos. Estaban hechos de ese material juvenil y serio, rico en ideales pero pobre en experiencia, del que se alimentan los movimientos terroristas modernos. No les gustaba el alcohol. Si bien eran heterosexuales, no buscaban la compañía de mujeres. Leían poesía nacionalista y periódicos y panfletos irredentistas. Los chicos estaban profundamente preocupados por el sufrimiento de la nación serbia, del que culpaban a todo el mundo menos a los propios serbios, y sentían los desaires y humillaciones al menor de sus compatriotas como si fueran propios. (...) El afán de sacrificio era fundamental, casi una obsesión. Incluso Princip había encontrado tiempo para aprenderse de memoria La corona de montañas en su totalidad, el emotivo relato épico de Petrovic-Njegos que conmemora al tiranicida Milos Obilic. en su juicio, Princip declaró ante el tribunal que días antes del asesinato solía ir a la tumba del asesino suicida Bogdan Zerajic: "A menudo pasaba noches enteras allí, pensando en nuestra situación, en nuestras condiciones lamentables y en [Zerajic], y así fue como decidí cometer el asesinato." También Cabrinovic relató que se había encaminado a la tumba de Zerajic en cuanto llegó a sArajevo. Al ver que estaba descuidada, habñia puesto flores en ella (...). Cabrinovic declaró que fue durante esas estancias en el lugar donde descansa Zerajic cuando se hizo el propósito de morir como lo había hecho él. "En todo caso sabía que no viviría mucho. La idea del suicidio siempre me acompañaba; todo me daba igual." 
Ese deambular a la tumba de un suicida es interesante y sugerente porque apunta a esa fascinación por la figura del asesino suicida tan fundamental para el mito de Kosovo, y en líneas más generales para la conciencia del propio medio panserbio, cuyos periódicos, diarios y correspondencia están plagados de alusiones al sacrificio. Incluso el mismo ataque debía ofrecer una referencia codificada a la acción anterior de Zerajic, ya que desde el primer momento Princip planeó tomar posiciones exactamente donde Zerajic se había quedado, en el Puente del Emperador." (Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Christopher Clark, trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera, Galaxia Gutemberg, 2014)

Mañana se cumplen 100 años del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria a manos de Gavrilo Princip en Sarajevo. El libro de Clark, que os recomiendo, traza un panorama del período previo a la Gran Guerra intentando ayudar a entender el camino que llevó a ella. Leer este tipo de grandes trabajos historiográficos es intelectualmente muy saludable en buena medida porque gracias a ellos uno entiende mejor que la vida y la Historia con mayúsculas son de una complejidad abrumadora. Y eso, aparte de hacernos un poco más cínicos, nos hace más prudentes.

En un artículo de Enric González en Crónica de El Mundo sobre el asesinato, se refiere a la Mano Negra, organización clandestina irredentista que estaba infiltrada en las estructuras de poder de Serbia y que estaba detrás del magnicidio, asegurando que "eran jóvenes, castos, casi abstemios, y estaban convencidos de encarnar la razón y la justicia frente a la maldad intrínseca del imperio. Se parecían bastante al grupo que el 11 de septiembre de 2001 inauguró en Nueva York, con una matanza, el siglo XXI."

Cuando días antes leía el texto de más arriba me imaginaba una novela sobre el siglo XX que narrase en paralelo la vida y la preparación de los atentados de Gavrilo Princip, Lee Harvey Oswald, Alí Agca y Mohamed Atta.

sábado, 14 de junio de 2014

Unos días de retiro

"La soledad, bien comprendida y bien preparada, debe ser defendida obstinadamente. No hay que atender a nadie: ni a los amigos indiscretos, ni a los parientes inconscientes, ni a los transeúntes, ni a la mismísima caridad. No se puede ser caritativo con todos a la vez. Recuerda que perteneces a la verdad y a ella debes tu culto. Excepto en los casos obvios e indiscutibles, nada debe prevalecer sobre tu vocación."

Leo a Sertillanges (La vida intelectual, Ed. Encuentro) para pertrecharme de argumentos y de entusiasmo en los días de retiro que se avecinan. Me voy un par de semanas al pueblo, mi aldehuela del Bierzo, para embarcarme en una suerte de regresión a mis veranos de los 80. Sin internet, sin teléfono más que el del bar, aquel aparato que mi abuelo me alcanzaba después de hablar con mis padres para que pudiese escuchar su voz, desde Madrid, que entonces me quedaba tan lejos de Turienzo.

Me llevo el ordenador, algún dvd, una pila de libros y la intención básica de escribir. Un puñado de horas al día. Como el personaje de Alabanza. Imbuido de ese neorruralismo que agita el panorama literario español más novel. No. La verdad es que no pienso en eso. Mientras preparo la maleta y planifico la compra del Mercadona de Bembibre para engordar la despensa durante unos días porque en Turienzo no hay tienda de comestibles, me acuerdo más bien de Enid Blyton y las aventuras de los Cinco. De sus excursiones a chozas que eran sólo el mcguffin para investigaciones rocambolescas de variopintos secretos, y de sus comidas pantagruélicas llenas de leche con nata, zumo de jengibre, pastelitos y empanadas del más apetitoso aspecto e incluso latas de cualquier embutido chungo yanqui que sobre el papel me atraían más que un filete de pollo con patatas fritas. 

-¡Guau! -afirmó Tim.

En Turienzo sólo veía para mis días de retiro un lugar barato y aislado en el que obligarse a la literatura. Pero ahora que lo pienso me cuesta imaginar mejor sitio para hacerlo. El pueblo no fue sólo escenario de buena parte de los hitos de mi infancia y adolescencia, esas vivencias que tienen un hueco especial en la memoria y que nos explican mejor que cincuenta sesudos análisis psicológicos; fue también la puerta de acceso al limbo espacio-temporal que crean las buenas novelas, hitos también de mi vida: La historia interminable, El Señor de los Anillos, Papeles póstumos del Club Pickwick, La potencia de uno, El tapón de cristal, Los tres mosqueteros, ¡Viven!, La ciudad de la alegría, Relatos de lo inesperado, El vino del estío, El arpa de hierba...

[Foto tomada de www.pueblos-espana.org]

miércoles, 11 de junio de 2014

Agarrotado

Vengo también yo, como Primo Levi (y la osada comparación no es sólo una excusa para la cita, sino también la encomienda a un patrón laico), a escribir tras una jornada de trabajo llena de ocupaciones que matan la tranquilidad de ánimo y que dejan el ingenio romo. La tormenta de verano en primavera que ha caído esta tarde tampoco ayuda.

Necesitamos enjuagar la cabeza para poder escribir. Para poder vivir, realmente, porque la vida requiere energía y claridad mental. Cuando estas faltan, tomar la decisión más nimia puede requerir una buena dosis de creatividad. Hay que raspar la costra de preocupaciones que se acumulan en las paredes internas de la cabeza, los restos de las lentejas en el perol. Sacudirse el apollardamiento.

Apenas si soy capaz de arrastrarme al sofá y zamparme la bolsa de palomitas dulces que me quedó del partido de Nadal del domingo, mientras veo el último episodio de Juego de Tronos. Una actividad que no me requiere ningún esfuerzo intelectual.

Ya ha terminado. Capítulo anodino. Ahora estoy sacando agua del pozo. Golpeando las teclas. Golpeando las palabras con el cincel. Como quien toma un mendrugo de madera y se pone a manipularlo con la gubia sin un propósito definido.

Aquí me tienes, dibujando formas geométricas en la libreta de los recados durante una llamada de teléfono rutinaria. Durante esta llamada de teléfono rutinaria que es hoy mi vida.

Mersault en Arganzuela


La dejo en la puerta de su portal, en Atocha, dolido conmigo mismo y con la vida por no ser capaz de crear en la despedida un momento de ternura, seductor, a pesar de que sé que no quiero tener nada con ella. Es una amiga reciente pero ya querida y sólo podría haber algo entre nosotros si fuera en serio. Hace tiempo que perdí el instinto depredador.

Recorro cuesta abajo el Paseo de Delicias, a paso ligero de excursionista, como casi siempre; mirándome las manos del alma, no sé si aturdido por volver con ellas vacías a casa, una vez más, o por tratar de leer en sus líneas el futuro. Sé que suena a cliché barato, pero es cierto que cada vez me entiendo menos y no sé otra forma más directa de expresarlo. Un poco a lo Benjamin Button, parezco retroceder de la sabiduría a la ignorancia. No sé quién soy. Es todo un lío.

Apenas he llegado a la plaza de la Beata, cinco minutos transcurridos, y ya no siento nada visceral, más allá del deseo que queda por hacer con ello literatura. Me pasa eso todo el rato: las echo de menos, las deseo hasta con ansiedad, pero sólo mientras estoy con ellas. Un rato después, al día siguiente, ya no recuerdo el interés no sólo intelectual con el que conversábamos, la mirada entusiasta con la que perforaba sus ojos, las ganas de que me rozase siquiera involuntariamente. La tramoya de lo que se supone que es amor.

Quizá era eso, un papel necesario para disfrutar la velada. Un romanticismo aprendido en las películas. Novelería. El deseo de estar enamorado, aunque sea con emociones de cartón-piedra, para desmentir a ese cínico que me acompaña, que va ganando espacio dentro de mí, un tipo al que paradojicamente el idealismo va necrosando las vías por las que corre el sentimiento. Te escribiré cartas, te llevaré a cenar a sitios maravillosos, me achantaré durante un rato para no mostrar mi arrogancia habitual, pero al final descenderá el telón y el hechizo se quedará dentro de la sala. Mua, mua. Y tan pichi.

lunes, 9 de junio de 2014

Labores de campo

Verdaderamente el mundo (occidental) ha cambiado su forma de existir en muy muy poco tiempo. La cotidianeidad. El modo de comunicarse. Hace casi ocho años (¡ocho años ya! Lloro), cuando comencé este blog, se discutía si eso, un blog, distraía de la verdadera literatura, si no era una pérdida de tiempo, un quiero y no puedo. Ja. Ahora lo escrito en un blog casi nos parece algo eterno si lo comparamos con la cantidad de mensajes que mueren cada día en las costas de las redes sociales. ¿Es mejor? ¿Es peor? Por nihilismo teórico y por la experiencia del que ya ha tenido que desdecirse y reprogramarse sin parar, no me aventuro a hacer un juicio moral. No sé si es mejor, no sé si es peor. Es.

Antes, en las horas de espera, en los viajes de camino al trabajo, en las anábasis (deseandito estaba soltar el palabro en algún contexto medianamente propicio) suburbanas que nos llevan de una línea de metro a otra, había tiempo para pensar, para masticar ideas y hacer una papilla intelectual, o al menos un tarro de potitos. Una idea mínimamente amasada para el blog, para el cuaderno, la génesis de una novela, de un ensayo. Un germen de Tractatus que pondríamos por escrito en el block, en la agenda, en un papel y que hoy posiblemente nos conformemos con trasladar a nuestro muro de Facebook o al timeline de Twitter.

Estamos en los tiempos del aforismo, de la idea feliz (y graciosa), del pase corto, del latigazo retórico. Desarrollar ideas, como construir una arquitectura narrativa, es arduo. Exige continuidad. Aquí estoy yo mismamente tratando de horadar la piedra, escribir tres, cuatro párrafos que me permitan cumplir con la obligación que me he impuesto. Sacar agua del pozo.

Eso es. Las redes sociales son oleaje, runrún placentero del mar. Batidas de ideas que vienen y van y rara vez dejan una huella individual perdurable. Lo que entiendo por literatura, por escritura de alcance, tiene más que ver con el trabajo de un zahorí, con la reciedumbre del agro, con un trabajo de cultivo, de culto. Un sacerdocio.