lunes 8 de febrero de 2010

Mientras tanto...

El sábado estuve por primera vez en el convento de monjas clarisas de La Aguilera. Había oído hablar mucho de él, pero hasta que no ha ingresado en él mi hermana pequeña, no he terminado visitándolo para ver de primera mano el milagrazo. Contaré con más detalle cuando tenga tiempo.

Ahora, hago un poco de autopublicidad y os enlazo a nuestro superespecial de los Goya 2010. Sé que alguno piensa que no hay que utilizar el blog para hablar de curro, pero en esto he estado embarcado física y emocionalmente estos últimos días.

martes 2 de febrero de 2010

Que vienen los Oscar...

Hoy, nominaciones a los Oscar 2010. Os lo contaremos a partir de las 14.30.

lunes 1 de febrero de 2010

La cinta blanca, de Michael Haneke

A ver la película de Haneke (míjail aleman, no máikel inglés) fui bastante virgen en lo que respecta a sus "pretensiones ideológicas". Conocía vagamanente que pretendía reflejar de algún modo a la generación que luego formaría parte del NSPD o/y lo votaría o/y callaría ante la terrible experiencia del nazismo.

El hecho de que la propia historia apenas tenga referencias históricas hace más fácil acogerla como una parábola atemporal, que es como pienso que La cinta blanca se expone en todas sus (enormes) dimensiones.

En los comentarios a una entrada previa, Rosie the Riveter señalaba algo que bien podría enmarcar la reflexión sobre la película (mi reflexión): "Como retrato de costumbres, de atmósferas, de miserias, como explicación de comportamientos individuales, en el plano técnico-formal, el trabajo de los actores (sobre todo los niños y la niñera...) perfecta. Pero la pretensión de elevarlo a tesis de alcance general, que dé cuenta de la incubación sociológica del nazismo, me chirría... ¿Qué tendrá que ver el sentimiento de culpa judeocristiano o la hipocresía de la doble moral con el origen del nazismo?".

Y es que Haneke sí ha señalado claramente esa intencionalidad. Leo a través de Aceprensa las palabras del cineasta: “Mi principal objetivo –señala Haneke- era presentar a un grupo de niños a los que se inculcan valores considerados como absolutos y cómo los interiorizan. Si se considera un principio o un ideal como algo absoluto, sea político o religioso, se convierte en inhumano y lleva al terrorismo”.

Afirmación muy posmo, pero que tiene mucho de machada sin matices. Creer en valores absolutos no significa la imposición, la violencia, el dogmatismo en todo y para todo. Uno también puede poner el amor, la entrega al otro, como valor absoluto. ¿Eso también lleva necesariamente al terrorismo?


Me quedo, sin embargo, con las palabras en la entrevista a Haneke de La Vanguardia que enlazaba Klaudine en los mismos comentarios: "Todos [los espectadores] la entienden, pero la toman de una manera diferente. Hay tantas películas posibles como espectadores en la sala. Es lo mismo que ocurre con un libro. Una película es una rampa que tiene que saltar el espectador, que es quien vive la experiencia".

El espectador Agus se queda con esa radiografía de las consecuencias del abuso y del autoritarismo. Con la parábola contra la doble moral, la de una sociedad cristiana que se ha vaciado de fe y ha perdido el espíritu que debería alentarlo convirtiendo su vida en un código moral vacío de sentido profundo. Una comunidad que se cuece en la salsa de su autocomplaciencia rigorista.

La cinta blanca conecta con Bergman y Dreyer, y con El festín de Babette (¿es casual que el único aliento de vida en esa comunidad cerrada y asfixiante sea el un personaje que viaja a Italia?). Algo me recuerda también, en la mezcla de terror e infancia, al expresionismo del M de Fritz Lang. En general con todo ese cine nórdico de ascendencia luterana o/y calvinista que trata de explicar su mundo.

Si uno no quiere desperdiciar todo el jugo humanista de una película como esta, no debe caer en la trampa de pensar que algo como lo que cuenta sólo puede ocurrir en un tiempo y en un lugar determinados. Porque en las buenas obras de arte, como interpretaciones del cosmos, el ellos es también el nosotros.

Esa catarsis es la que permite que historias devastadoras como la de Haneke puedan hacernos mejores.

domingo 31 de enero de 2010

Donde viven los monstruos, de Spike Jonze

En mi línea de prevención casi patológica contra lo que pueda oler a esnobismo modernete guays alternativo, había dejado mentalmente aparcada Where the wild things are, obra del autor de Cómo ser John Malkovich y Adaptation, películas extravagantes y oblicuas donde las haya.

Finalmente, casi por descartes (Invictus me da pereza, Nine ni te cuento, Sherlock Holmes ya la había visto mi acompañante...), entré por vez primera en los Renoir Princesa para verla, esperando apenas nada.

Y la verdad es que no entré en la película inmediatamente. Supongo que su ingenuidad requiere un despojamiento progresivo hasta que deja en carne viva el peluche que uno lleva dentro. Entonces, hasta se hace corta. Y eso que no pasa prácticamente nada en la poco más de hora y media que dura.

Por otra parte, escuchar la voz de Tony Soprano (precisamente ahora que la tengo tan fresca en el cerebro, devorando quinta y sexta temporadas de la serie) en uno de los bichejos protagonistas me sacaba un poco.



Lo cierto es que la película es una manera fabulosa -por fábula y por "maravilloso y fantástico"- de abordar la sensibilidad infantil. Un cuento lleno de muñecos 2.0 made in Henson que te arranca la sonrisa, la lágrima y el fruncido del ceño, cuando corresponde. Si dejas despojarte emocionalmente, supongo. Nada de aspiraciones abisales -si es que analizar la sensibilidad infantil con ese intuitivo acierto no supone una gran profundidad-. Una película infantil oblicua e inteligente. Poética.

sábado 30 de enero de 2010

Spe

Se yergue a veces un odio extraño, sereno, disfrazado de egoísmo, de soledad, de hermetismo. Cree uno que aborrece al otro y lo único que hace es proyectar en el prójimo la propia repugnancia, el asco que siente por sí mismo.

Ay de ese hombre -de esa mujer- si deja que el cinismo, la desesperanza, anegue las junturas de su alma. Si se deja convencer por el gran Odiador del género humano.

lunes 25 de enero de 2010

Cosas que pasan

Estuve viendo The Hurt Locker -En tierra hostil, en su versión española, y estaría muy bien que nuestra traductora favorita nos tradujera literalmente el título: ¿"El armario de heridos"?-. No es una película inolvidable, pero está muy bien realizada. Son más de dos horas siguiendo a un grupo de artificieros estadounidenses en Bagdad. Adrenalina pura. Te mantiene en tensión de continuo. Su directora, Kathryn Bigelow, merece más que su ex marido -James Cameron- cualquier premio.

Volvía de verla con compañeros de Días de cine. Criticaban que lo veía todo desde el punto de vista norteamericano, que no se veía el punto de vista iraquí. Que no había una reflexión sobre la guerra. ¿Y qué?, me decía yo.

Me aburre ese moralismo de otra generación. Y no será que no tengo un concepto de moral bastante nítido. Parece que, al final, todos tenemos miedo al placer que consideramos culpable. ¡Eso de disfrutar viendo una película de acción sin necesidad de profundas reflexiones!

De lo último visto, también una comedia que se estrenará en verano, Una hora más en Canarias, de David Serrano. Agradable de ver. Mejor la primera mitad que la segunda.

Ah, y Celda 211, que sí, que me gustó bastante, aunque tan bien me la habían puesto que no podía menos que dejarme un pelín insatisfecho. Luis Tosar muy bien, aunque siempre he pensado que es más fácil hacer de psicótico que de madre de familia (esa Toni Collete en Pequeña Miss Sunshine, esa Edie Falco en Los Soprano). Alberto Ammann, bien, aunque me chirría un pelín en algún momento. Resines también bien, no haciendo de Resines... Y el director, Daniel Monzón, por lo que he podido ver y oír, un tío modesto que ha hecho un buen trbajo.

Y el sábado, un poco de networking "cinéfilo". Un decir.

jueves 21 de enero de 2010

Amigos

Como desearía hoy levantar "un monumento más perenne que el bronce y / más alto que la regia construcción de las pirámides" a todos mis buenos amigos. A los que me enriquecéis. A los que dejais que intenté haceros un poco feliz. A quienes me habitáis y explicáis en parte ese yo poliédrico que ni yo conozco. A quienes soportáis mi basta humanidad, mis ciclotimias, mis qué sé yo. Mis idioteces.

Querría ser un Nebrija que recogiese en una personalísima gramática todas las palabras sólo por nosotros pronunciadas de ese modo, los significados compartidos, los lugares comunes y recurrentemente transitados, los códigos personales, las bromas sólo nuestras.

Me encantaría estar inspirado y cantar a las almas y al hombre, a los hombres -a las mujeres- que me acompañan, que enjugan mis lágrimas. Y mi sudor. Y mi sangre. Que me escucháis. Que rezáis por mí. Que soñáis conmigo. Que pensáis a veces "vaya un pelma". Que me lleváis a cenar. Que me lleváis al cine. Que me decís las verdades. Que no me las decís si no conviene.