jueves, 1 de diciembre de 2016

Esterilidad

Me dice usted -y cito textualmente-  que "su necesidad de hacer literatura se puede medir por la ansiedad que le genera la incapacidad para satisfacerla. Ansiedad real. Ahogos que derivan en impulsos de llorar sin lágrimas. Una obturación parcial en el pecho, a la altura del esternón, pequeñas apreturas internas como las que provoca un niño juguetón que pisa la manguera para divertirse viendo las intermitencias del agua que surge por el extremo, intermitencias del aire que entra y sale de los pulmones a través de la tráquea. Agua/aire que debiera regar el campo creativo haciéndolo fértil. Hay en esta ansiedad, doctora, un deseo furioso de escribir una novela, una novela que le satisfaga. Pero eso es imposible. De ahí la ansiedad. Desea un imposible. Está llamado a la impotencia. Tiene un ideal tan elevado que sólo puede fracasar. Lleva así toda la vida".

Se me ocurre sugerirle que quizá su amigo debiera ver la necesidad de escribir como una travesura. Ser el niño que juega con las intermitencias de la vida en lugar de la manguera que pretende fecundar el mundo entero. Ser payaso, no profeta.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Exorcismo



En el viejo armario del dormitorio hay una cajonera donde guardo la ropa interior, mis camisetas, los pijamas, la ropa de deporte... Para cerrar el último cajón es necesario un último empujón violento que lo haga encajar en su hueco correspondiente. Esta imperfección es una balanza perfecta para medir el peso de los días.

Hay mañanas en las que me siento energético y poderoso, feliz, y ese gesto es entonces una afirmación, una manifestación de triunfo, de dominio sobre la realidad. En los momentos de apatía, desidia y melancolía ese último esfuerzo puede ser casi insoportable, la prueba incontestable de que el mundo se conjura en mi contra.

Hoy he decidido no cerrarlo del todo. Dejar que la tapa del cajón quedé dislocada, sobresaliendo de la superficie, me parece un tributo a la realidad.

Noviembre tiene la capacidad de subrayar en mi sensibilidad todos esos pequeños descoyuntamientos de la vida. Noviembre es la gota que se desprende de un tejadillo y se cuela, gélida, por la parte posterior del cuello de la camisa. Noviembre es una enfermedad neurológica que descontextualiza mis experiencias, que rompe los nexos entre mis percepciones impidiéndome contrapesar luces y sombras. Noviembre es como un sortilegio que me pone en manos del victimismo.

Por eso vuelvo a escribir esta tarde, por eso te pongo nombre, tristeza. Por eso fuerzo este pulso con las palabras. Para convertirlas en cadenas que te aherrojen y me concedan un espejismo de victoria.

sábado, 3 de enero de 2015

Otra Castilla es posible

Leo y releo estos días novelas de Unamuno, Delibes y Azorín para empaparme de buena prosa castellana y tradición literaria. He engullido en una semana La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir, El camino, Las ratas y Castilla. Estoy construyendo una historia ambientada en la Castilla del XVI con Garcilaso de la Vega de protagonista y por eso busco una mirada propia para mi patria castellana y un lenguaje personal que exprese esa mirada.

Al analizar a estos escritores (¡brillantes!) percibo una imagen narrativa común de Castilla, que tiene algo de filosofía de fondo. Es una Castilla muy pegada a la tierra, una tierra de secano, limitadita y frugal. Una Castilla muy material, pero de una materialidad penitente y acomodadiza. Materialismo de alcancía, cobre, estameña, frío colándose por las rendijas en el zaguán, arrugas en la piel atezada por el viento mesetario y enaguas en remojo. Es una Castilla asfixiante en muchos aspectos, diría. Fatalista: el castellano se aferra a esa tierra con enconos latentes, un rencor amasado durante siglos. Ama con pasión su hatillo escaso.

En medio de toda esta reflexión identitaria me ronda la idea de que el Quijote y lo cervantino -que es de donde beben Unamuno, Azorín, Delibes, y tantos- es sin duda nuestro mayor orgullo literario pero quizá también nuestra mayor losa ideológica.

Porque el Quijote expone (y las grandes obras al retratar consagran modelos) el triunfo de una cosmovisión alicorta. ¿No termina siendo la obra de Cervantes un brutal alegato antiidealista? El soñador es un loco castigado con zumba y saña por el autor-demiurgo. Para gran descojono nuestro, eso sí. Ni se te ocurra soñar con molinos, ni se te ocurra salir de las lindes de tu pueblo, ni se te ocurra leer libros que se salgan de esa castellanidad enjuta e hiperrealista.

Desde entonces, nada de tontear con mundos fantásticos (la Matute, esa  excentricidad), con dárnoslas de épicos (por mucho Nuevo Mundo que hayamos conquistado en empresas dignas de hexámero dactílico). Desde entonces, esa invención de perdedores: "España, el país de la picaresca". Desde entonces, acercarse a la realidad desde el humor desmitificador y paletuelo. Así, esa elaboración barroca, la alternativa a lo cervantino, ese otro genio, Quevedo. Así, ese ingenio para convertir la indignación sociopolítica en una greguería aplaudida y retuiteable; así ese humor de Joaquín Reyes o José Mota basado en el léxico de Albacete y el acento rural o ese otro, el moranquista. ¿Qué es sino este afilado humor autoparódico sino una manifestación de fatalismo? Reírnos de nuestras miserias para no tener que hacer el esfuerzo de cambiarlas.

Como el castellano se aferra a su tierra, el escritor castellano se aferra creo que un poco fatalmente también a ese lenguaje, a esa vida costumbrista, y se goza en paladear las palabras y moldear las frases, construyendo una literatura elevadísima pero ideológicamente conservadora.

Pienso que Castilla -y al decir Castilla puede que esté diciendo inconscientemente España- debe sacudirse ese yugo placentero y a la vez doloroso. El progreso nace de una visión del mundo concreta, y esa visión del mundo se construye con palabras. Las palabras no son inocentes. El Quijote es una genialidad. La poesía de Quevedo también. Pero quizá no es necesario que sigamos viviendo sólo de esas genialidades. El castellano y lo castellano pueden ser muchas cosas, no exclusivamente lo cervantino y lo quevedesco. Mi apuesta es, de hecho, redescubrir una tercera Castilla (¿tercera España?), la de lo garcilasiano, esa que aplastaron Cervantes y Quevedo. O, mejor dicho, que aplastaron los Austrias y que la literatura retrató, consagrándola.

De lo garcilasiano -la sensibilidad, lo musical, el mestizaje europeo y europeísta, el pacifismo...- hablamos, lo prometo, otro día. Que ya he pontificado bastante por hoy.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Algo sobre 'Boyhood'


Hace años -cuando empecé este blog, por ejemplo, hace ocho- me hubiera resultado muy fácil escribir sobre Boyhood. Si fuese ahora el que entonces era, me habría enchufado la banda sonora para teclear furiosamente mi pasión por la película de Richard Linklater. Párrafos y párrafos habría redactado con fluidez.

En este momento, ponerme a decir algo de Boyhood es un mundo. Primero porque se ha escrito y hablado tanto y tan bueno de Boyhood que sé que es casi imposible que suene nuevo o personal , y luego porque el tiempo también ha dejado sus heridas en mí, en la confianza que sentía en las palabras, en las mías. Me he vuelto más realista. O más nihilista. La imposibilidad del lenguaje.

He visto Boyhood tres veces en los últimos seis días, y podría volver a verla esta misma tarde. Podría verla semanalmente durante los próximos cinco meses. Tal vez eso sea lo mejor que puedo decir de ella. Los hechos.

Para mí, la de Boyhood es la catarsis del testigo, si es que hay otra catarsis posible que no sea la de sentirnos transformados al contemplar la vida misma. Porque la película muestra, no señala. Es un acontecer. No es diagnóstico. Boyhood impide extraer moralejas o conclusiones más allá de las que se puedan extraer al afirmar que algo es. La vida es tiempo. El tiempo es. Soy tiempo. A partir de ahí, cada uno con su circunstancia.

(OJO, SPOILERS)

"-You know how everyone's always saying seize the moment? I don't know, I'm kind of thinking it's the other way around, you know, like the moment seizes us. 
-Yeah, yeah, I know. It's constant, the moments, it's just- it's like it's always right now, you know?"
El diálogo final recapitula para nosotros esa dualidad básica, siempre la misma desde Parménides y Heráclito. ¿Dominamos el tiempo o éste nos domina?

Mason Jr y Nicole son conscientes de que -como grita su colocado compañero Dalton sobre una peña- "el tiempo se despliega" ante ellos, para ellos. Se sienten poderosos y dominadores y quizá por eso no tienen miedo de cederle terreno al momento -que nos capture si quiere-. No se sienten, son poderosos, tal vez como yo lo era cuando hace ocho años comencé a escribir este blog. El tiempo puede ser devastador en los individuos, pero también renovador en las sociedades con la ilusión que cada generación tiene de tomar el mando y construir su mundo mejor. Una generación comienza con ellos.

En las secuencias previas hemos visto que la de sus padres languidece, que el tiempo les domina aunque se repitan y repitan a los jóvenes que tengan cuidado con el tiempo, que no tomen decisiones erróneas que les imponga consecuencias inesperadas para el resto de su vida. Me he acabado convirtiendo en el hombre castrado y aburrido que tu madre quería que fuese hace 15 o 20 años, dice Mason Sr a su hijo justo después de que la exsuegra felicite a su actual mujer con un "me alegro de que te hayas encontrado con él en el momento adecuado".

Como dice este maravilloso artículo de Luis Martínez, que está a la altura de la película, Linklater es el autor -junto a Hawke y Delpy- de la trilogía Antes de..., también un ejercicio cinematográfico que levanta acta del transcurrir del tiempo. Sin embargo, como Martínez bien señala, Boyhood va un paso más allá. Va muchos pasos más allá.



Posiblemente lo más fascinante de Boyhood sea que Posiblemente lo más fascinante en la lectura que ahora hago de Boyhood sea que nos cuenta una historia, pero ninguna en concreto. O podría ser cualquiera. "I just thought there would be more", dice Olivia, algo más que los grandes acontecimientos, los "hitos" a los que se refiere  en esa brutal penúltima secuencia, y que no son la materia prima de la película: están todos en elipsis, fuera de campo. Podrían haber sido dos o tres maridos, un colegio u otro, personajes con otro carácter, con otras aficiones... Boyhood va de otra cosa porque el verdadero protagonista es el tiempo. Porque, como dice Martínez,
parece que se habla de un chaval de Texas desde el primer divorcio de su madre hasta la entrada en la universidad, y no. En realidad, se habla de todas las infancias del mundo; del tiempo que las sostiene. Se habla de todos nosotros.
Boyhood es para mí una obra maestra absoluta. Una obra capaz de conquistar las emociones de la persona más iletrada y del crítico cinematográfico mas culto y cargado de referencias. Una fuente de la que pueden nacer infinitas reflexiones como afluentes a su vez de otras reflexiones, de otras obras. Una historia en la que cada persona se identificará con un personaje particular o con uno diferente cada vez que vea la película. Boyhood es una obra maestra absoluta porque hablando de un tiempo y un lugar (hasta su maravillosa banda sonora levanta acta de una década) apela y apelará a espectadores de todo tiempo y lugar.

sábado, 30 de agosto de 2014

Hoy no duerme nadie


-¡Son las 7 de la mañana. Hoy no duerme nadie si el esquizofrénico del barrio no quiere! ¡Me cago en mis muertos...!

Ha sido esta noche una de las pocas de verdadero calor del verano que ya muere. El verano de Madrid es un verano de luna, mosquitos, discusiones y borracheras colándose por la ventana abierta y este año el clima se ha portado con finura. Lo agradecemos especialmente en las tres o cuatro calles de la Colonia del Pico del Pañuelo, en Legazpi, un minilaberinto de espíritu caribeño y tertulia gritona a altas horas.

Tiene gracia, sin embargo, que haya sido la dureza del castellano encabronado -valga la redundancia, diría alguno de los dominicanos del barrio- la que ha arramblado temprano con el sueño del vecindario.

Aniquilada la voluntad por la duermevela, apenas he tenido fuerzas y memoria para apuntar la frase de arriba antes de volver a hincar la cabeza en la almohada, húmeda de sudor. La frase no hace justicia a la escena porque el discurso, más elaborado, incluso con voz de actor, era tan perfecto que sonaba a guion o a sueño. Mi vida imitando a la ficción una vez más.

Mientras se alejaban sus gritos como lo hacía el chiflo del afilador en aquellos otros sábados, los de mi infancia en Moratalaz, he sentido pena por él. Su voz tenía entre 25 y 38 años. Cuántas veces no habré deseado yo gritar contra el mundo, volviendo a casa después de noches huecas. De qué clase de derrota interior regresaría él. Cuánto se estaría odiando para odiar así al resto del mundo. A sus muertos.

-¡Son las 7 de la mañana. Hoy no duerme nadie si el esquizofrénico del barrio no quiere. Me cago en mis muertos...!

He mirado el reloj. Eran las 8.17.

domingo, 29 de junio de 2014

'Amour' sin alambiques

Hoy he estado en un tanatorio y me he acordado de Haneke, de ciertos dramas de laboratorio suyos.

Ha muerto la hermana de mi cuñada. Nacida con daños cerebrales y diagnosticada años después con una enfermedad degenerativa que, a pesar del esfuerzo y el cariño que su madre empleó por mantenerla en la mejor forma posible, la postraron en una silla de ruedas. No articulaba palabra comprensible y difícilmente sus miembros. Hablo un poco a la ligera, me faltan datos: la enfermedad concreta, el proceso de degradación. No es de lo que quiero hablar.

Cuando nos encontrábamos, poco, en los bautizos y cumpleaños de nuestros sobrinos comunes, la recuerdo babeando y sonriente y cariñosa.

Ayer se ahogó. Sola. Mientras dormía la siesta. 22 años.

Hoy, Conchi, su madre me dice, mientras la aprieto entre mis brazos y la beso y la acaricio, dándole lo único que puedo darle en estos momentos, mi carnalidad, que es apenas nada, me dice que no sabe qué va a hacer a partir de ahora, que ella y su marido vivían -resumiendo- para ella.

Me tranquiliza. No. Me conmueve que haya quien a mi nihilismo rampante oponga esa forma de loca entrega, que sufre porque ya no podrá llevar lo que otros llamarían, llamamos, carga.

Y me acuerdo de Haneke.

Eso sí que es Amour.

Máximas rurales en Turienzo

[En el minibus que baja a Bembibre]

UNA: Fulanita anda coja...
OTRA: Será de gordura.
UNA: Sí, come bien...
TERCERA: Bueno, se engorda aun no comiendo mucho.
SPECIAL GUEST: No, no, esta trilla, trilla...

* * *

"El del bigote es el primer culpable: si se le posan las moscas en el hombro y todo." [Tras el partido España-Chile, sobre Del Bosque]

* * *

"Vive mejor que el presidente del Gobierno." [Sobre un perro]

* * *

"(...) El Facebook lo tengo como Saturnino Pallero. Lo tengo con el wifi... (...)" [Un señor de unos cincuentaymuchos a la puerta del bar. Intrigado me quedé]

* * *

[Felipe VI discurseando en la tele de un bar de Bembibre. Un grupo de jubilados que pasa del tema]

"Había uno que se llamaba Pepe Goteras y Otilio. Se lo compraba para el chaval pero me los leía yo."

sábado, 28 de junio de 2014

Periodismo, contextualizando desde 1914

"En París, la noticia procedente de Sarajevo se vio desplazada de las primeras páginas de los periódicos por un escándalo de proporciones memorables. El 16 de marzo de 1914, madame Cailloux, esposa del ex primer ministro Joseph Cailloux, había entrado en el despacho de Gaston Calmette, director del diario Le Figaro, y le había disparado seis tiros. El motivo del asesinato era la campaña que el periódico había realizado contra su esposo, durante la cual Calmette había publicado las cartas de amor que ella le había escrito a Joseph Caillaux mientras seguía casado con su primera esposa. El juicio debía comenzar el 20 de julio, y el interés del público por aquella historia, que combinaba un escándalo sexual y un crimen pasional cometido por una mujer muy conspicua en la vida pública francesa era enorme, como es natural. En una fecha tan tardía como el 29 de julio, el prestigioso diario Le Temps dedicaba el doble de espacio en sus páginas a la absolución de madame Caillaux (basada en que la ofensa que contra su honor justificaba el crimen) que a la crisis que se estaba fraguando en Europa Central. En la medida que la prensa de París sí prestó a la noticia de Sarajevo, la actitud predominante fue que Viena no tenía derecho a acusar al Gobierno serbio de complicidad en los asesinatos -todo lo contrario, los periódicos franceses culpaban a la prensa de Viena por azuzar el sentimiento anti-serbio" (Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Christopher Clark, trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera, Galaxia Gutemberg, 2014)
Para cuando nos pongamos salvapatrias con que el periodismo es la última cocacola del desierto. Y yo lo entiendo: a mí también me interesaría más la Cailloux, seguramente.