lunes, 15 de septiembre de 2014

Algo sobre 'Boyhood'


Hace años -cuando empecé este blog, por ejemplo, hace ocho- me hubiera resultado muy fácil escribir sobre Boyhood. Si fuese ahora el que entonces era, me habría enchufado la banda sonora para teclear furiosamente mi pasión por la película de Richard Linklater. Párrafos y párrafos habría redactado con fluidez.

En este momento, ponerme a decir algo de Boyhood es un mundo. Primero porque se ha escrito y hablado tanto y tan bueno de Boyhood que sé que es casi imposible que suene nuevo o personal , y luego porque el tiempo también ha dejado sus heridas en mí, en la confianza que sentía en las palabras, en las mías. Me he vuelto más realista. O más nihilista. La imposibilidad del lenguaje.

He visto Boyhood tres veces en los últimos seis días, y podría volver a verla esta misma tarde. Podría verla semanalmente durante los próximos cinco meses. Tal vez eso sea lo mejor que puedo decir de ella. Los hechos.

Para mí, la de Boyhood es la catarsis del testigo, si es que hay otra catarsis posible que no sea la de sentirnos transformados al contemplar la vida misma. Porque la película muestra, no señala. Es un acontecer. No es diagnóstico. Boyhood impide extraer moralejas o conclusiones más allá de las que se puedan extraer al afirmar que algo es. La vida es tiempo. El tiempo es. Soy tiempo. A partir de ahí, cada uno con su circunstancia.

(OJO, SPOILERS)

"-You know how everyone's always saying seize the moment? I don't know, I'm kind of thinking it's the other way around, you know, like the moment seizes us. 
-Yeah, yeah, I know. It's constant, the moments, it's just- it's like it's always right now, you know?"
El diálogo final recapitula para nosotros esa dualidad básica, siempre la misma desde Parménides y Heráclito. ¿Dominamos el tiempo o éste nos domina?

Mason Jr y Nicole son conscientes de que -como grita su colocado compañero Dalton sobre una peña- "el tiempo se despliega" ante ellos, para ellos. Se sienten poderosos y dominadores y quizá por eso no tienen miedo de cederle terreno al momento -que nos capture si quiere-. No se sienten, son poderosos, tal vez como yo lo era cuando hace ocho años comencé a escribir este blog. El tiempo puede ser devastador en los individuos, pero también renovador en las sociedades con la ilusión que cada generación tiene de tomar el mando y construir su mundo mejor. Una generación comienza con ellos.

En las secuencias previas hemos visto que la de sus padres languidece, que el tiempo les domina aunque se repitan y repitan a los jóvenes que tengan cuidado con el tiempo, que no tomen decisiones erróneas que les imponga consecuencias inesperadas para el resto de su vida. Me he acabado convirtiendo en el hombre castrado y aburrido que tu madre quería que fuese hace 15 o 20 años, dice Mason Sr a su hijo justo después de que la exsuegra felicite a su actual mujer con un "me alegro de que te hayas encontrado con él en el momento adecuado".

Como dice este maravilloso artículo de Luis Martínez, que está a la altura de la película, Linklater es el autor -junto a Hawke y Delpy- de la trilogía Antes de..., también un ejercicio cinematográfico que levanta acta del transcurrir del tiempo. Sin embargo, como Martínez bien señala, Boyhood va un paso más allá. Va muchos pasos más allá.



Posiblemente lo más fascinante de Boyhood sea que Posiblemente lo más fascinante en la lectura que ahora hago de Boyhood sea que nos cuenta una historia, pero ninguna en concreto. O podría ser cualquiera. "I just thought there would be more", dice Olivia, algo más que los grandes acontecimientos, los "hitos" a los que se refiere  en esa brutal penúltima secuencia, y que no son la materia prima de la película: están todos en elipsis, fuera de campo. Podrían haber sido dos o tres maridos, un colegio u otro, personajes con otro carácter, con otras aficiones... Boyhood va de otra cosa porque el verdadero protagonista es el tiempo. Porque, como dice Martínez,
parece que se habla de un chaval de Texas desde el primer divorcio de su madre hasta la entrada en la universidad, y no. En realidad, se habla de todas las infancias del mundo; del tiempo que las sostiene. Se habla de todos nosotros.
Boyhood es para mí una obra maestra absoluta. Una obra capaz de conquistar las emociones de la persona más iletrada y del crítico cinematográfico mas culto y cargado de referencias. Una fuente de la que pueden nacer infinitas reflexiones como afluentes a su vez de otras reflexiones, de otras obras. Una historia en la que cada persona se identificará con un personaje particular o con uno diferente cada vez que vea la película. Boyhood es una obra maestra absoluta porque hablando de un tiempo y un lugar (hasta su maravillosa banda sonora levanta acta de una década) apela y apelará a espectadores de todo tiempo y lugar.

sábado, 30 de agosto de 2014

Hoy no duerme nadie


-¡Son las 7 de la mañana. Hoy no duerme nadie si el esquizofrénico del barrio no quiere! ¡Me cago en mis muertos...!

Ha sido esta noche una de las pocas de verdadero calor del verano que ya muere. El verano de Madrid es un verano de luna, mosquitos, discusiones y borracheras colándose por la ventana abierta y este año el clima se ha portado con finura. Lo agradecemos especialmente en las tres o cuatro calles de la Colonia del Pico del Pañuelo, en Legazpi, un minilaberinto de espíritu caribeño y tertulia gritona a altas horas.

Tiene gracia, sin embargo, que haya sido la dureza del castellano encabronado -valga la redundancia, diría alguno de los dominicanos del barrio- la que ha arramblado temprano con el sueño del vecindario.

Aniquilada la voluntad por la duermevela, apenas he tenido fuerzas y memoria para apuntar la frase de arriba antes de volver a hincar la cabeza en la almohada, húmeda de sudor. La frase no hace justicia a la escena porque el discurso, más elaborado, incluso con voz de actor, era tan perfecto que sonaba a guion o a sueño. Mi vida imitando a la ficción una vez más.

Mientras se alejaban sus gritos como lo hacía el chiflo del afilador en aquellos otros sábados, los de mi infancia en Moratalaz, he sentido pena por él. Su voz tenía entre 25 y 38 años. Cuántas veces no habré deseado yo gritar contra el mundo, volviendo a casa después de noches huecas. De qué clase de derrota interior regresaría él. Cuánto se estaría odiando para odiar así al resto del mundo. A sus muertos.

-¡Son las 7 de la mañana. Hoy no duerme nadie si el esquizofrénico del barrio no quiere. Me cago en mis muertos...!

He mirado el reloj. Eran las 8.17.

domingo, 29 de junio de 2014

'Amour' sin alambiques

Hoy he estado en un tanatorio y me he acordado de Haneke, de ciertos dramas de laboratorio suyos.

Ha muerto la hermana de mi cuñada. Nacida con daños cerebrales y diagnosticada años después con una enfermedad degenerativa que, a pesar del esfuerzo y el cariño que su madre empleó por mantenerla en la mejor forma posible, la postraron en una silla de ruedas. No articulaba palabra comprensible y difícilmente sus miembros. Hablo un poco a la ligera, me faltan datos: la enfermedad concreta, el proceso de degradación. No es de lo que quiero hablar.

Cuando nos encontrábamos, poco, en los bautizos y cumpleaños de nuestros sobrinos comunes, la recuerdo babeando y sonriente y cariñosa.

Ayer se ahogó. Sola. Mientras dormía la siesta. 22 años.

Hoy, Conchi, su madre me dice, mientras la aprieto entre mis brazos y la beso y la acaricio, dándole lo único que puedo darle en estos momentos, mi carnalidad, que es apenas nada, me dice que no sabe qué va a hacer a partir de ahora, que ella y su marido vivían -resumiendo- para ella.

Me tranquiliza. No. Me conmueve que haya quien a mi nihilismo rampante oponga esa forma de loca entrega, que sufre porque ya no podrá llevar lo que otros llamarían, llamamos, carga.

Y me acuerdo de Haneke.

Eso sí que es Amour.

Máximas rurales en Turienzo

[En el minibus que baja a Bembibre]

UNA: Fulanita anda coja...
OTRA: Será de gordura.
UNA: Sí, come bien...
TERCERA: Bueno, se engorda aun no comiendo mucho.
SPECIAL GUEST: No, no, esta trilla, trilla...

* * *

"El del bigote es el primer culpable: si se le posan las moscas en el hombro y todo." [Tras el partido España-Chile, sobre Del Bosque]

* * *

"Vive mejor que el presidente del Gobierno." [Sobre un perro]

* * *

"(...) El Facebook lo tengo como Saturnino Pallero. Lo tengo con el wifi... (...)" [Un señor de unos cincuentaymuchos a la puerta del bar. Intrigado me quedé]

* * *

[Felipe VI discurseando en la tele de un bar de Bembibre. Un grupo de jubilados que pasa del tema]

"Había uno que se llamaba Pepe Goteras y Otilio. Se lo compraba para el chaval pero me los leía yo."

sábado, 28 de junio de 2014

Periodismo, contextualizando desde 1914

"En París, la noticia procedente de Sarajevo se vio desplazada de las primeras páginas de los periódicos por un escándalo de proporciones memorables. El 16 de marzo de 1914, madame Cailloux, esposa del ex primer ministro Joseph Cailloux, había entrado en el despacho de Gaston Calmette, director del diario Le Figaro, y le había disparado seis tiros. El motivo del asesinato era la campaña que el periódico había realizado contra su esposo, durante la cual Calmette había publicado las cartas de amor que ella le había escrito a Joseph Caillaux mientras seguía casado con su primera esposa. El juicio debía comenzar el 20 de julio, y el interés del público por aquella historia, que combinaba un escándalo sexual y un crimen pasional cometido por una mujer muy conspicua en la vida pública francesa era enorme, como es natural. En una fecha tan tardía como el 29 de julio, el prestigioso diario Le Temps dedicaba el doble de espacio en sus páginas a la absolución de madame Caillaux (basada en que la ofensa que contra su honor justificaba el crimen) que a la crisis que se estaba fraguando en Europa Central. En la medida que la prensa de París sí prestó a la noticia de Sarajevo, la actitud predominante fue que Viena no tenía derecho a acusar al Gobierno serbio de complicidad en los asesinatos -todo lo contrario, los periódicos franceses culpaban a la prensa de Viena por azuzar el sentimiento anti-serbio" (Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Christopher Clark, trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera, Galaxia Gutemberg, 2014)
Para cuando nos pongamos salvapatrias con que el periodismo es la última cocacola del desierto. Y yo lo entiendo: a mí también me interesaría más la Cailloux, seguramente.

viernes, 27 de junio de 2014

Gavrilo Princip et al.

"Todos los hombres elegidos para llevar a cabo el asesinato del archiduque se habían formado en el mundo de las redes irredentistas. El antiguo comitatji Voja Tankosic fue quien reclutó a los tres jóvenes serbobosnios que formaron el núcleo de la unidad que enviaría a Sarajevo para llevar a cabo el asesinato. Trifko Grabez, Nedeljko Cabrinovic y Gavrilo Princip tenían los tres diecinueve años cuando Tankosic los integró en la conspiración. Eran buenos amigos que pasaban mucho tiempo en mutua compañía. Grabez era hijo de un sacerdote ortodoxo de Pale, unos 20 km  al este de Sarajevo, que había viajado a Sarajevo para continuar sus estudios de bachillerato. Cabrinovic había abandonado la escuela a los catorce años y posteriormente llegó a Belgrado, donde encontró trabajo de tipógrafo en una empresa especializada en literatura anarquista. Al igual que Grabez, Princip había dejado Sarajevo para acudir a la escuela en Belgrado. Los tres procedían de familias pobres y hogares desgraciados. En sus primeros años de vida, Grabez y Cabrinovic habían sufrido las figuras de auotridad masculinas y se habían rebelado contra ellas. Durante su juicio, Cabrinovic contó al jurado que su padre le había maltratado porque apenas progresaba en su escuela de Sarajevo; al final el chico fue expulsado por abofetear a uno de sus maestros. Las tensiones en casa se agravaron por el hecho de que Cabrinovic padre trabajaba como confidente de la policía para los odiados austriacos, un estigma del que el chico pensaba desprenderse por medio de su compromiso con la causa nacional. También Grabez fue expulsado de su instituto de Tuzla por dar un puñetazo a uno de sus profesores. El dinero escaseaba; sólo Princip tenía unos ingresos regulares consistentes en una asignación paterna muy modesta que normalmente distribuía entre los amigos o prestaba a conocidos suyos indigentes. Cabrinovic recordó después que a su llegada a Belgrado llevaba siempre consigo todas sus pertenencias en una maleta pequeña, se supone que porque no tenía dónde quedarse. Princip en particular era delgado y enfermizo; probablemente ya estaba tuberculoso. El protocolo de su juicio le describe como "un joven bajo y débil". 
Estos chicos apenas tenían malos hábitos. Estaban hechos de ese material juvenil y serio, rico en ideales pero pobre en experiencia, del que se alimentan los movimientos terroristas modernos. No les gustaba el alcohol. Si bien eran heterosexuales, no buscaban la compañía de mujeres. Leían poesía nacionalista y periódicos y panfletos irredentistas. Los chicos estaban profundamente preocupados por el sufrimiento de la nación serbia, del que culpaban a todo el mundo menos a los propios serbios, y sentían los desaires y humillaciones al menor de sus compatriotas como si fueran propios. (...) El afán de sacrificio era fundamental, casi una obsesión. Incluso Princip había encontrado tiempo para aprenderse de memoria La corona de montañas en su totalidad, el emotivo relato épico de Petrovic-Njegos que conmemora al tiranicida Milos Obilic. en su juicio, Princip declaró ante el tribunal que días antes del asesinato solía ir a la tumba del asesino suicida Bogdan Zerajic: "A menudo pasaba noches enteras allí, pensando en nuestra situación, en nuestras condiciones lamentables y en [Zerajic], y así fue como decidí cometer el asesinato." También Cabrinovic relató que se había encaminado a la tumba de Zerajic en cuanto llegó a sArajevo. Al ver que estaba descuidada, habñia puesto flores en ella (...). Cabrinovic declaró que fue durante esas estancias en el lugar donde descansa Zerajic cuando se hizo el propósito de morir como lo había hecho él. "En todo caso sabía que no viviría mucho. La idea del suicidio siempre me acompañaba; todo me daba igual." 
Ese deambular a la tumba de un suicida es interesante y sugerente porque apunta a esa fascinación por la figura del asesino suicida tan fundamental para el mito de Kosovo, y en líneas más generales para la conciencia del propio medio panserbio, cuyos periódicos, diarios y correspondencia están plagados de alusiones al sacrificio. Incluso el mismo ataque debía ofrecer una referencia codificada a la acción anterior de Zerajic, ya que desde el primer momento Princip planeó tomar posiciones exactamente donde Zerajic se había quedado, en el Puente del Emperador." (Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Christopher Clark, trad. de Irene Cifuentes y Alejandro Pradera, Galaxia Gutemberg, 2014)

Mañana se cumplen 100 años del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria a manos de Gavrilo Princip en Sarajevo. El libro de Clark, que os recomiendo, traza un panorama del período previo a la Gran Guerra intentando ayudar a entender el camino que llevó a ella. Leer este tipo de grandes trabajos historiográficos es intelectualmente muy saludable en buena medida porque gracias a ellos uno entiende mejor que la vida y la Historia con mayúsculas son de una complejidad abrumadora. Y eso, aparte de hacernos un poco más cínicos, nos hace más prudentes.

En un artículo de Enric González en Crónica de El Mundo sobre el asesinato, se refiere a la Mano Negra, organización clandestina irredentista que estaba infiltrada en las estructuras de poder de Serbia y que estaba detrás del magnicidio, asegurando que "eran jóvenes, castos, casi abstemios, y estaban convencidos de encarnar la razón y la justicia frente a la maldad intrínseca del imperio. Se parecían bastante al grupo que el 11 de septiembre de 2001 inauguró en Nueva York, con una matanza, el siglo XXI."

Cuando días antes leía el texto de más arriba me imaginaba una novela sobre el siglo XX que narrase en paralelo la vida y la preparación de los atentados de Gavrilo Princip, Lee Harvey Oswald, Alí Agca y Mohamed Atta.

sábado, 14 de junio de 2014

Unos días de retiro

"La soledad, bien comprendida y bien preparada, debe ser defendida obstinadamente. No hay que atender a nadie: ni a los amigos indiscretos, ni a los parientes inconscientes, ni a los transeúntes, ni a la mismísima caridad. No se puede ser caritativo con todos a la vez. Recuerda que perteneces a la verdad y a ella debes tu culto. Excepto en los casos obvios e indiscutibles, nada debe prevalecer sobre tu vocación."

Leo a Sertillanges (La vida intelectual, Ed. Encuentro) para pertrecharme de argumentos y de entusiasmo en los días de retiro que se avecinan. Me voy un par de semanas al pueblo, mi aldehuela del Bierzo, para embarcarme en una suerte de regresión a mis veranos de los 80. Sin internet, sin teléfono más que el del bar, aquel aparato que mi abuelo me alcanzaba después de hablar con mis padres para que pudiese escuchar su voz, desde Madrid, que entonces me quedaba tan lejos de Turienzo.

Me llevo el ordenador, algún dvd, una pila de libros y la intención básica de escribir. Un puñado de horas al día. Como el personaje de Alabanza. Imbuido de ese neorruralismo que agita el panorama literario español más novel. No. La verdad es que no pienso en eso. Mientras preparo la maleta y planifico la compra del Mercadona de Bembibre para engordar la despensa durante unos días porque en Turienzo no hay tienda de comestibles, me acuerdo más bien de Enid Blyton y las aventuras de los Cinco. De sus excursiones a chozas que eran sólo el mcguffin para investigaciones rocambolescas de variopintos secretos, y de sus comidas pantagruélicas llenas de leche con nata, zumo de jengibre, pastelitos y empanadas del más apetitoso aspecto e incluso latas de cualquier embutido chungo yanqui que sobre el papel me atraían más que un filete de pollo con patatas fritas. 

-¡Guau! -afirmó Tim.

En Turienzo sólo veía para mis días de retiro un lugar barato y aislado en el que obligarse a la literatura. Pero ahora que lo pienso me cuesta imaginar mejor sitio para hacerlo. El pueblo no fue sólo escenario de buena parte de los hitos de mi infancia y adolescencia, esas vivencias que tienen un hueco especial en la memoria y que nos explican mejor que cincuenta sesudos análisis psicológicos; fue también la puerta de acceso al limbo espacio-temporal que crean las buenas novelas, hitos también de mi vida: La historia interminable, El Señor de los Anillos, Papeles póstumos del Club Pickwick, La potencia de uno, El tapón de cristal, Los tres mosqueteros, ¡Viven!, La ciudad de la alegría, Relatos de lo inesperado, El vino del estío, El arpa de hierba...

[Foto tomada de www.pueblos-espana.org]

miércoles, 11 de junio de 2014

Agarrotado

Vengo también yo, como Primo Levi (y la osada comparación no es sólo una excusa para la cita, sino también la encomienda a un patrón laico), a escribir tras una jornada de trabajo llena de ocupaciones que matan la tranquilidad de ánimo y que dejan el ingenio romo. La tormenta de verano en primavera que ha caído esta tarde tampoco ayuda.

Necesitamos enjuagar la cabeza para poder escribir. Para poder vivir, realmente, porque la vida requiere energía y claridad mental. Cuando estas faltan, tomar la decisión más nimia puede requerir una buena dosis de creatividad. Hay que raspar la costra de preocupaciones que se acumulan en las paredes internas de la cabeza, los restos de las lentejas en el perol. Sacudirse el apollardamiento.

Apenas si soy capaz de arrastrarme al sofá y zamparme la bolsa de palomitas dulces que me quedó del partido de Nadal del domingo, mientras veo el último episodio de Juego de Tronos. Una actividad que no me requiere ningún esfuerzo intelectual.

Ya ha terminado. Capítulo anodino. Ahora estoy sacando agua del pozo. Golpeando las teclas. Golpeando las palabras con el cincel. Como quien toma un mendrugo de madera y se pone a manipularlo con la gubia sin un propósito definido.

Aquí me tienes, dibujando formas geométricas en la libreta de los recados durante una llamada de teléfono rutinaria. Durante esta llamada de teléfono rutinaria que es hoy mi vida.

Mersault en Arganzuela


La dejo en la puerta de su portal, en Atocha, dolido conmigo mismo y con la vida por no ser capaz de crear en la despedida un momento de ternura, seductor, a pesar de que sé que no quiero tener nada con ella. Es una amiga reciente pero ya querida y sólo podría haber algo entre nosotros si fuera en serio. Hace tiempo que perdí el instinto depredador.

Recorro cuesta abajo el Paseo de Delicias, a paso ligero de excursionista, como casi siempre; mirándome las manos del alma, no sé si aturdido por volver con ellas vacías a casa, una vez más, o por tratar de leer en sus líneas el futuro. Sé que suena a cliché barato, pero es cierto que cada vez me entiendo menos y no sé otra forma más directa de expresarlo. Un poco a lo Benjamin Button, parezco retroceder de la sabiduría a la ignorancia. No sé quién soy. Es todo un lío.

Apenas he llegado a la plaza de la Beata, cinco minutos transcurridos, y ya no siento nada visceral, más allá del deseo que queda por hacer con ello literatura. Me pasa eso todo el rato: las echo de menos, las deseo hasta con ansiedad, pero sólo mientras estoy con ellas. Un rato después, al día siguiente, ya no recuerdo el interés no sólo intelectual con el que conversábamos, la mirada entusiasta con la que perforaba sus ojos, las ganas de que me rozase siquiera involuntariamente. La tramoya de lo que se supone que es amor.

Quizá era eso, un papel necesario para disfrutar la velada. Un romanticismo aprendido en las películas. Novelería. El deseo de estar enamorado, aunque sea con emociones de cartón-piedra, para desmentir a ese cínico que me acompaña, que va ganando espacio dentro de mí, un tipo al que paradojicamente el idealismo va necrosando las vías por las que corre el sentimiento. Te escribiré cartas, te llevaré a cenar a sitios maravillosos, me achantaré durante un rato para no mostrar mi arrogancia habitual, pero al final descenderá el telón y el hechizo se quedará dentro de la sala. Mua, mua. Y tan pichi.